Working in Fast Fashion: Ángeles y Demonios – Parte 2

02. Somos el clan de las menos

Cuando comenzó mi breve, pero eterna estadía en el mundo de los clientes y maniquíes, aún me encontraba estudiando mi semestre de periodismo y comunicación, sin embargo, ya se encontraba adentrándose a su recta final, entonces, aunque sentía ciertas presiones por la entrega de los últimos proyectos finales, y por tener que conectarme a las últimas clases por la tarde-noche, trataba de balancear mi tiempo y estabilidad.

El día siguiente a la bienvenida, acudí con un horario matutino, el famoso horario de escuela de 7AM-12PM (que luego se convirtió en 6AM), y es que, al ser un trabajo dedicado a estudiantes, las jornadas laborales eran cortas y solo asumían acudir cinco horas con dos días de descanso semanales rotativos, o al menos esa era la idea que te vendían en un inicio. Ese turno asumía un trabajo muy distinto al que tienen las personas que acudían por las tardes o al cierre: sacar la nueva mercancía, alarmarla, percharla y correrla por la tienda. 

A f*cking mess. Eran montones de torres llenas de cajas que se separaban por departamento, era un procedimiento tedioso e imponente para una persona que apenas y estaba adaptándose a un trabajo en el que la capacitación era ambigua, y en la que se esperaba que fueras lo más rápido y hábil así fueran tus primeros días y semanas. 

Fuente: Roobgzz

Ahí fue cuando tuve mi primera interacción con el “clan de las menos”, duré semanas tratando de comprender que cargo tenía cada una de ellas por su desastrosa organización y comunicación interna. La primera de ellas era una “supervisora”, era la de menor rango de poder, alta, güera, con al menos unos veinticinco años de edad o un poco más. Conforme pasaron los días comprendí que ya le había dedicado media década de su vida a la empresa, y que logró subir su jerarquía. Esa era la respuesta más clara, hacía por qué acostumbraba a presionar a cada uno de mis compañeros (y a mí un montón de veces). Le costó mucho ascender de puesto, y lo iba a defender con uña y diente, porque de perderlo su vida daría un giro de 180°. 

Mi contrato de temporada tenía una duración de dos meses y medio, transitando noviembre, diciembre y una semana de enero. Las primeras semanas, sentía que mi adaptación era muy complicada, me sentía lento y poco capaz de sacar el trabajo adelante, fue como una experiencia de gaslighting, eran como veintitantas o más cajas de mercancía nueva que sacar diariamente, y aunque parecía actividad sencilla, entender los procedimientos de alarmado y perchado a la perfección no eran pan comido para un aprendiz, pero ahí comprendí que ese era el objetivo. Mi trainer brilló por su ausencia después de los primeros días, y cada que le preguntaba algo sentía que la estaba “molestando”, eran muy pocas las personas que tenían la disposición de ayudarte y aconsejarte como hacer el trabajo.

Generalmente, hacía equipo con personas distintas, lo que me permitía conocer un poco más de sus motivos y personalidad. Mi expectativa inicial era que, al estar conviviendo con compañeros de un rango de edad juvenil, la experiencia sería divertida. El panorama era mucho más amplio que eso. Chicas y chicos con caras largas y semblantes de enojo y frustración, aduladores que matarían por ser dueños de la tienda, visual merchandisers con aires de superioridad con poca contextualización de moda notada en sus atuendos, gente maravillosa con las que formé una amistad. 

Fuente: H&M Careers

Las “juntas” matutinas me permitieron conocer al resto de managers. Además de la supervisora, estaba un grupo de cuatro. No diré sus nombres reales, pero las describiré, “Dina”, era la más amable, tolerante y empática, trabajar con ella suponía hacer las cosas bien, pero sin estar adeptos a una presión y gritos innecesarios, ella nunca tomó forma del clan de las menos, “Bertha”, desaliñada y frecuentemente se notaba que era su primera vez en un puesto directivo, “Bella” la mitad de su cabello rapado y una actitud déspota disfrazada de liderazgo, and the queen bee “Veronica”, combinaciones de ropa extrañas, pelucas y gritos en loop.

Posiblemente, el trabajo habría sido más llevadero, con un equipo directivo mejor preparado y con actitudes más respetuosas, pero al menos desde mi experiencia, comprobé que los famosos memes de retail de los que se inundan las redes sociales, son reales y nada alejados de lo que sucede en la realidad.

Me desmotivé muy rápido. Había romantizado una industria que trataba a sus empleados de manera fría, que eran visualizados como máquinas, que debías de cumplir con sus objetivos porque de no serlo no eras rentable, era como ponernos a la par de una “acción” de la bolsa de valores, subiendo y bajando constantemente, siendo marionetas de una inestabilidad organizacional. 

Fuente: H&M Careers

Yo he llegado a pensar que nadie ahí es feliz, y me refiero a genuinamente feliz. Porque sí, vas y sonríes con los clientes y tienes efímeras charlas con tus compañeros donde el main topic es quejarse de que su vida no va como quisiesen, pero no creo que haya una persona que realmente diga que adora trabajar en “retail” por gusto propio, y que le quiere dedicar toda su vida a tal actividad. Aprendí, desde mi propia experiencia, que estar en una tienda de moda rápida no es solo organizar prendas y verse bien -eran muy contados los empleados que le ponían empeño a sus outfits y que destacaban sin esfuerzo- ahí comprendí el infierno que se vive dentro, el león no es como lo pintan.

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