FERAL: el retorno a lo salvaje y la honestidad culinaria frente al Parque México

Caminar por la Avenida México, justo en ese tramo donde el Parque México respira con más fuerza, suele sentirse como transitar por una pasarela interminable de “lo que debería ser”. La Condesa, con toda su belleza innegable, a veces peca de estar sobreproducida; un escenario donde cada café y cada terraza parecen haber sido diseñados por un algoritmo de Pinterest antes que por la necesidad humana de comer y beber bien.

Entender este proyecto requiere primero diseccionar su nombre. “Feral” no es simplemente “salvaje” en el sentido caótico. En biología, un organismo feral es aquel que, habiendo sido domesticado, regresa a la naturaleza y se adapta para sobrevivir con sus propios medios. Es una bestia que conoce las reglas de la casa, pero elige el bosque.

Bajo la dirección de la chef Paola Sepúlveda a quien seguramente ubicas por el éxito rotundo y reconfortante de Panadería San Simón, la cocina aquí opera bajo esa misma lógica biológica. Si en San Simón la premisa es el abrazo cálido del pan, en este nuevo spot la intención es la exploración. No esperes manteles largos ni ceremonias innecesarias. La cocina abierta funciona como el corazón palpitante del lugar, eliminando las barreras entre el fuego y el comensal. Es una declaración de transparencia: aquí no hay trucos de magia ocultos, solo técnica francesa clásica aplicada con una soltura que roza la irreverencia, integrando ingredientes locales y guiños a sabores orientales que sacuden el paladar sin confundirlo.

El interiorismo juega una carta inteligente: no compite con el Parque México, lo integra. La estructura moderna y acogedora permite que la vegetación exterior y el ritmo de la calle se filtren hacia adentro, pero manteniendo la privacidad suficiente para que la conversación fluya. La barra amplia invita a esa dinámica tan necesaria en la CDMX: llegar solo, pedir una copa y dejar que la noche decida el resto.

Sentarse a la mesa en este recinto es aceptar un juego de contrastes. La carta no es enciclopédica, y eso se agradece. Es una selección curada que demuestra confianza. Empezar con la barra fría es casi obligatorio. Los ostiones con mignonette no buscan reinventar la rueda, sino presentarla en su mejor versión posible: frescura absoluta y acidez controlada. El ceviche de la casa y la tostada de tartar de salmón siguen esta línea de respeto al producto, donde la pesca del día es la protagonista indiscutible y no el vehículo para salsas pesadas.

El arroz meloso es, quizás, el mejor ejemplo de la propuesta. Un platillo que en manos inexpertas es un puré, aquí se mantiene en ese punto exacto de cremosidad y resistencia al diente, cargado de un fondo (caldo) que denota horas de cocción y paciencia. Por otro lado, el short rib se presenta con la autoridad de la carne bien tratada, deshaciéndose con la presión del tenedor pero manteniendo su integridad estructural y sabor potente.

Para quienes buscan algo menos cárnico, pero igual de complejo, el pollo orgánico es espectacular. Olvida la idea del pollo como la opción “aburrida” del menú; aquí se trata con la misma dignidad que una pieza de caza. Y para compartir o no, las opciones estilo tapas como el jocoque o la ensalada de verduras ofrecen ese contrapunto fresco necesario para limpiar el paladar entre bocados intensos. Es vital mencionar el cierre, en una ciudad obsesionada con postres visualmente impactantes para Instagram, pero decepcionantes en boca, aquí se regresa a lo esencial. La galleta de chispas de chocolate y el brownie sin harina (chocolate 70%) son golpes de autoridad. Son postres que apelan a la memoria gustativa, ejecutados con una precisión técnica que los eleva de “golosina” a cierre gastronómico serio.

Su selección de vinos es diversa, recorriendo regiones que van más allá de los sospechosos comunes, pero lo más importante es que es asequible. Esto cambia completamente la dinámica de la cena. Permite pedir esa segunda botella, probar una uva que no conoces o simplemente maridar correctamente sin sentir que estás hipotecando la noche. Es un movimiento que democratiza el placer y fomenta una cultura del vino mucho más relajada y honesta, alineada con esa visión de “cocina de barrio sin fronteras”.

Hay dos formas de verlo. La cínica diría que es otro lugar más para el lifestyle aspiracional. Pero la lectura más profunda sugiere que lugares como el liderado por Sepúlveda son necesarios para equilibrar la balanza. Cuando la gastronomía se vuelve inalcanzable, pierde su alma. Al apostar por precios justos, ingredientes honestos y un servicio cálido que recuerda a la vieja escuela de la hospitalidad, se está combatiendo la superficialidad desde adentro.

No es un lugar que busque ser exclusivo; busca ser inclusivo desde la calidad. Y en un entorno donde a veces parece que pagamos más por el diseño de la silla que por lo que hay en el plato, esta honestidad brutal se siente, efectivamente, como un acto salvaje. La Ciudad de México no necesita más restaurantes “concepto” vacíos de contenido. Necesita espacios que entiendan que comer es un acto de comunión y placer primario. FERAL logra posicionarse en ese punto dulce entre la técnica impecable y la soltura callejera.

Es un recordatorio de que, a veces, para avanzar hay que soltar las riendas. Dejar que los ingredientes hablen, que el vino fluya y que la sobremesa se extienda sin la presión de la etiqueta.

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