Dolce & Gabbana Fall 2026 Men’s Fashion Show: The Portrait of Man y la guerra silenciosa contra el “uniforme”

Hay días en los que vestirte se siente como tomar una decisión… y hay días en los que parece que solo estás confirmando una ya tomada por ti, por tu feed o por el “código” invisible de tu grupo. Abres el clóset, encuentras la playera correcta (la que cae bien), el denim que no falla, los tenis que combinan con todo. Sales. Nadie te juzga. Nadie te mira dos veces. Funciona.

El problema es que ese mismo “funciona” también se filtró al lujo. La estética segura, el tono neutro, la prenda que no molesta a nadie. Y si vas a pagar caro, hoy la pregunta se vuelve incómoda: ¿caro por qué? ¿Por calidad real, por diseño con carácter… o por pertenecer a un club que se ve igual en todas partes?

En ese contexto, Dolce & Gabbana Fall 2026 Men’s Fashion Show se presenta como un espejo con marco dorado: The Portrait of Man. Un desfile que insiste en una idea seductora volver a la individualidad justo cuando el mercado empuja hacia la homogeneización. La homogeneización no llegó de golpe; fue goteando. Una temporada se celebran los básicos “perfectos”. La siguiente, el minimalismo “inteligente”. Luego el quiet luxury como refugio. Y de pronto, media ciudad está vestida para no equivocarse.

El lujo también se protegió así: menos riesgo, más repetición. Tiene lógica empresarial, claro. Pero del lado del consumidor la paciencia se agota cuando el precio sube y el producto se siente cada vez más… estándar. Esa inconformidad ya se escucha en conversaciones reales (no solo en editoriales): pagar más por “lo mismo” se está volviendo una provocación. Por eso el título del show pega distinto. Un “retrato” promete singularidad. Promete matices. Promete algo que no se puede copiar con una búsqueda rápida.

En la narrativa oficial, el desfile se construye como una secuencia de micro-universos: el pensador introspectivo, el creativo visionario, el sensualista mediterráneo, el racionalista estructurado, el romántico inquieto. No es casual que suene a psicología y no a catálogo: aquí la ropa se plantea como “auto-retrato”, no como disfraz. Y el detalle importante: la sastrería se vuelve el idioma común. No como regla rígida, sino como herramienta para “esculpir” personalidad: hombros que cambian el gesto del cuerpo, construcciones que te hacen caminar distinto, texturas que cuentan memoria (terciopelos profundos, lanas compactas, brocados más contemporáneos).

La jugada escénica fue directa: modelos colocados entre invitados que, en el momento exacto, se levantaban y activaban el desfile desde la butaca, rompiendo la pasarela clásica. Es un truco efectivo por una razón simple: te hace dudar de lo que ves. ¿Estoy viendo público… o parte del cuadro?

Hay un punto donde el manifiesto se vuelve nostalgia y no lo digo como insulto. En el runway se colaron referencias deportivas (soccer, basketball) y un guiño a una era donde el estilo masculino se volvió performativo: cuerpos más marcados, más exposición, más “personaje”. El fantasma favorito: 2003 y la figura de David Beckham como musa cultural del hombre “metrosexual” (antes de que el término se desgastara). Ese capítulo no solo vive en fotos de archivo; moldeó una idea de masculinidad que mezclaba gimnasio, grooming y actitud celebrity sin pedir permiso.

Y luego está el tema que divide la mesa: el jean roto. La colección lo empuja como “regreso” posible; no como prenda rebelde adolescente, sino como uniforme de una generación que ya vivió su primera gloria Y2K y ahora la observa con ironía (o con ganas reales de repetirla). No es moralina; es coherencia narrativa. Si el cuadro va de “muchos rostros”, el encuadre importa. Y para un lector joven en México donde la identidad masculina es mestiza, múltiple, contradictoria, y a veces cansada de estereotipos importados ese tipo de decisiones se sienten más cerca de lo personal de lo que las marcas creen.

The Portrait of Man funciona cuando te recuerda que la masculinidad no es un molde único, sino un set de capas: fuerza y fragilidad, disciplina y juego, pertenencia y soledad, deseo de encajar y necesidad de destacar. Pero también deja una tarea pendiente: si vas a hablar de muchas masculinidades, tienes que mostrarlas, no solo nombrarlas. Y si vas a vender individualidad, tienes que aceptar que la individualidad real a veces incomoda, se sale del guion, rompe el casting ideal.

La próxima vez que abras el clóset y elijas “lo que funciona”, prueba otra pregunta: ¿esto me describe… o solo me protege? Porque vestirse, cuando se hace bien, no es esconderse. Es firmar tu propia imagen.

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