Abres el clóset de la casa de tus papás y, de golpe, no huele a madera: huele a tiempo. A perfume que ya no usas, a lluvia que se quedó en un gabán, a polvo fino atrapado en una lana que nunca perdió la forma. Hay prendas que no te pertenecen del todo, aunque te queden. Un saco que fue de tu padre. Una chamarra que tu tío juraba “para toda la vida”. Un pantalón que te da risa por la cintura alta… hasta que te lo pruebas y algo hace clic.
El clóset familiar no es almacenamiento. Es archivo emocional. Un lugar donde la ropa se vuelve evidencia: de cómo nos movimos por el mundo, de lo que evitamos, de lo que quisimos ser, de lo que sí fuimos. Y también, si somos honestos, de lo que heredamos sin pedirlo. Con esa idea íntima, casi incómoda por lo real, se construye ZEGNA Fall Winter 2026: “A Family Closet”. No como nostalgia barata, sino como una pregunta frontal: ¿qué significa vestir bien cuando lo que más escasea no es el “look”, sino el tiempo?
La colección se imagina dentro de un clóset que funciona como santuario. No “clóset” de Pinterest, sino un espacio de instinto y continuidad: prendas protegidas del descuido para que puedan volver a salir, una y otra vez, en otros cuerpos, en otras etapas, en otras versiones de la misma familia.
El detalle que amarra todo a tierra es casi cinematográfico: un guardarropa ficticio lleno de piezas reales de Gildo Zegna y Paolo Zegna, tercera generación. No solamente “cosas bonitas”; también herencias, prendas personales, rastros de vida cotidiana. Como si el lujo, en lugar de gritar, susurrara: lo valioso no se tira. Y ahí, en una vitrina con lógica de museo, aparece una especie de tótem: “ABITO N.1”, el primer traje hecho en 1910, Su Misura, para el Conde Ermenegildo Zegna, en lana 100% australiana. Un recordatorio brutal: antes de la prisa, el traje era promesa.

Alessandro Sartori lo plantea desde un lugar que se siente más cercano a un diario que a una pasarela: la ropa como “piel elegida”, como páginas que escribimos durante toda la existencia. Y sí: suena poético, pero tiene una consecuencia práctica que incomoda al sistema entero. Si la ropa es diario, ¿por qué la tratamos como story de 24 horas?
Aquí la ropa se defiende del olvido para que otros la usen. No se idolatra la pieza por su precio, sino por su capacidad de regresar. El punto de quiebre emocional de la colección no está en un “nuevo” corte, sino en ese instante privado: encontrar una prenda que fue de tu padre o tu abuelo, estudiar otra forma de vestir y animarte a intentar. Hay algo silencioso que pasa entre cuerpo, postura y tela; un diálogo que no se puede comprar en un haul.

En pasarela, el efecto es claro: silueta larga y suelta, una actitud dégagé (esa elegancia que no se esfuerza) con un porte proper que no cae en rigidez. Abrigos y chamarras se alargan y ensanchan, con hombros más cuadrados. Los pantalones fluyen desde una cintura alta y ceñida: una arquitectura que ordena el cuerpo sin encarcelarlo. Lo interesante es cómo la sastrería decide jugar con su propio código. El cierre cruzado símbolo histórico de corrección y cierta “seriedad”se vuelve modular: en algunas chaquetas se reduce a un tercio; en otras aparece un botón horizontal al centro, entre los cierres tradicionales, para elegir: usarlo como doble botonadura clásica o cerrarlo “a medias” y abrir la caída. No es truco; es libertad de uso.


La idea de múltiples formas de llevar una prenda insiste: blazers con doble juego de solapas, blousons con doble cuello. Overshirts fluidas que se sienten tan elegantes como útiles. Bombers de shearling o de punto con textura y calor, como si el confort tuviera permiso de verse bien. El anorak aparece como forma híbrida, a medio camino entre capa interior y outerwear, dándole otro sentido a blousons clásicos. Las polos se cortan en tejido más pesado, con una presencia casi de suéter. Y aparece una sensibilidad gráfica en blazers de cuello alto con detalles de piel, gilets y bombers de cuero acolchado.
Hay algo profundamente humano en la idea del clóset familiar: el encuentro entre generaciones a través de lo usado. Pero también hay que decirlo: no todo mundo hereda prendas. No todo mundo tiene espacio para guardar. No todo mundo puede pagar telas que envejecen bonito. Ahí está el matiz que vale discutir. La propuesta de “guardar, cuidar, reinterpretar” es sólida, pero exige contexto: ¿cómo se traduce esa ética a una vida en CDMX, Guadalajara o Monterrey, con rentas altas y clósets mínimos? La respuesta no es romantizar el lujo, sino rescatar el método: comprar menos, elegir mejor, reparar, ajustar, reusar, rotar.




Al final, volvemos a ese clóset que huele a tiempo. A esa prenda que no te pertenece por completo, pero te acomoda el cuerpo como si te estuviera esperando. La colección propone que el estilo masculino no se construye en temporada, sino en repetición: en cómo un abrigo te acompaña cuando cambias de trabajo, en cómo un traje se adapta cuando cambias de opinión, en cómo una tela se vuelve más tuya cuando deja de estar “nueva”.
Hay algo elegantemente rebelde en insistir en lo durable en un mundo diseñado para el reemplazo. Y también hay algo emocionalmente inteligente: aceptar que vestirse no es sólo verse bien, sino recordarse. La ropa como diario no suena romántica cuando entiendes que el cuerpo cambia, el carácter cambia, la ciudad cambia… y lo único que queda es lo que supiste cuidar.

Que esta visión venga desde una casa con historia y obsesión textil no es sorpresa. Lo relevante es lo que nos deja a nosotros: una pregunta clara, casi íntima, para la próxima vez que compres algo: ¿esto va a vivir conmigo, o únicamente va a ocupar espacio?
