Llegas a un venue en París y, por un segundo, tu cuerpo cree que está afuera. El piso marca un cruce peatonal; la luz cae como faro de set; el público suena a grada, no a front row. No es la pasarela blanca de siempre ni el “espacio industrial” de manual: es una arena que se siente más cerca de un concierto que de una presentación de moda. Y entonces pasa lo que no debería pasar tan rápido en un desfile: te olvidas de mirar “looks” y empiezas a mirar una historia.
Eso fue Willy Chavarria Fall 2026 Men’s, titulada “Eterno”. Un show que se montó como un movie-musical grabado en vivo, en una sola toma, con una escala que ya no es “ambiciosa” sino directamente cinematográfica. Números fríos: miles de invitados, decenas de performers, varias cámaras y una coreografía pensada para que el ojo nunca descanse.
Chavarria no presentó una colección: presentó un universo. La prensa lo ha descrito como un “living film” un performance narrativo con teatro, música en vivo y moda mezclándose en tiempo real y la etiqueta le queda. El espacio fue el Dojo de Paris, una arena grande, con capacidad para miles, tratada como escenario total.

En “Eterno”, el ritmo importa tanto como el corte. Los modelos atraviesan el espacio como si cruzaran una ciudad: una pasarela construida como cruce peatonal. Entre acto y acto, la música no “acompaña”: manda. Mon Laferte abre con un performance que se siente como prólogo; luego entran más sets y la arena se vuelve estadio.
El título no es casual. “Eterno” trae de frente una palabra que suena a promesa grande de amor, de memoria, de herencia. Chavarria lo dijo con claridad: para él, la película era sobre un amor que sostiene la vida y una “compasión global” que atraviesa todo. La idea es suave, casi espiritual, pero el cuerpo del show no es delicado: es frontal.
Porque el contexto existe. Sus temporadas recientes han coqueteado con el filo político y han provocado reacciones mixtas: cuando el runway se acerca demasiado a la imagen de persecución y violencia real, hay quienes preguntan si la moda tiene derecho a escenificarlo. Vanity Fair recuerda que su show previo, con modelos arrodillados, generó debate duro no por falta de empatía, sino por la incomodidad de convertir un trauma contemporáneo en coreografía.
En “Eterno” la estrategia cambia: menos golpe directo, más construcción emocional. La fe aparece como símbolo cultural, no como accesorio y el amor se vuelve el “lenguaje común” que permite que distintos públicos entren al mismo cuarto. Funciona… pero deja una pregunta viva: ¿cuándo el amor es mensaje y cuándo es empaque?


Varios medios coinciden en el mood: siluetas vintage, talle bajo, sastrería amplia, sportswear con cuerpo, vestidos cocktail casi coreografiados. Se siente como una ciudad grande un martes cualquiera: un traje serio al lado de una prenda deportiva elevada; una pieza “de calle” junto a algo con ambición de alfombra roja.
Hay otro detalle que a nosotros, en NEOMEN, nos importa por realista: Chavarria mezcla el sueño con el acceso. Número subraya cómo en la colección conviven piezas “asequibles” de su línea BIG WILLY con la colaboración Adidas y con creaciones más cercanas a couture. Esa mezcla no siempre se ve elegante en pasarela… aquí sí se ve honesta. Como si dijera: la identidad no tiene que vivir solamente en el lujo para ser digna.


Entre tanta escala, hubo un instante que cortó el ruido con algo simple: energía joven, sincronía, carisma. Santos Bravos no aparecieron como “invitados musicales”; aparecieron como parte del guion. Vogue los presenta como el gran giro del show: debut en Paris Fashion Week, dos performances, y una conversación franca sobre cómo están construyendo su identidad a través de la ropa.
Lo que los hace cool aquí no es únicamente que bailen bien. Es el contraste: mientras la moda a veces se siente como club cerrado, ellos llegan con el lenguaje de otra industria, la del pop global y obligan a la pasarela a moverse. Quien describe “Eterno” como un “living film” donde Santos Bravos aportaron una energía fresca y subrayaron el giro streetwear de la colección.

Además, el dato importa: lanzaron “0%” en octubre, ya suman cientos de millones de views, y llegan a Miami a Premio Lo Nuestro como nominados. En el after, Vogue cuenta que sonó su segundo sencillo, “Kawasaki”, programado para finales de mes, como si el show fuera también teaser de playlist.
Para montar una producción así no alcanza con talento. Se necesita estructura, socios, dinero. Chavarria lo reconoce: está “leaning in” en alianzas para sostener el tamaño de su ambición, y Vanity Fair menciona cómo un socio estratégico lo ayudó a conseguir partnerships con Adidas, Tinder y que, para este show, se sumó Grindr.




Nada de eso es ilegal ni raro en moda. Pero sí abre una tensión: cuando hablas de identidad, orgullo y representación, la audiencia sobre todo la joven ya no compra el discurso sin revisar el reverso. Y Chavarria ya lo vivió: Associated Press reportó la polémica por un diseño con Adidas acusado de imitar huaraches zapotecas; el diseñador pidió disculpas y reconoció que faltó una colaboración “directa y significativa” con la comunidad.
En México, la conversación sobre masculinidad cambió: hoy ser hombre también es saber leer símbolos, preguntarse por el origen, y vestirse sin pedir permiso. Chavarria lleva esa idea al extremo: trajes que ocupan espacio, colores que chocan sin disculpa, sportswear con orgullo cultural. Y lo hace sin “sanitizar” la estética para el ojo europeo ese fue, justamente, uno de los puntos que varios textos remarcan como núcleo de su narrativa.

Pero “Eterno” también se siente como prueba de estrés: entre la belleza del orgullo y el riesgo de convertirlo en marca; entre el amor como mensaje y el amor como recurso; entre la comunidad y el patrocinio.
