Hay una escena que se repite en casi cualquier vida joven: el grupo de WhatsApp arde, alguien “reacciona” con un emoji que no aclara nada, y tú te quedas mirando la pantalla con esa duda miniatura que pesa más de lo que debería. ¿Fue broma? ¿Fue indirecta? ¿Fue estrategia? Lo curioso no es que sospechemos: es lo rápido que aprendimos a leer el mundo como si todo fuera una negociación silenciosa.
Por eso The Traitors no se siente como “otro reality”. Se siente como ese experimento social que te entretiene mientras te exhibe. Un juego de convivencia donde cada sonrisa puede ser alianza, cada silencio puede ser condena, y donde lo más peligroso no es perder… sino confiar en la persona equivocada.
La cuarta temporada llega a Latinoamérica el 6 de febrero y lo hace con el mismo veneno elegante que convirtió a la serie en fenómeno: intriga, psicología, glamour oscuro y un anfitrión que parece salido de un sueño entre Bond villain y dandy escocés. La premisa es simple y brutal: un grupo de concursantes convive, compite en misiones para acumular dinero y, sin saberlo, se divide en dos facciones ocultas. Están los Fieles, que intentan descubrir quién está mintiendo, y los Traidores, que deben sabotear y “asesinar” (eliminar) sin ser detectados. En la mesa redonda, las miradas pesan, los argumentos se quiebran, y el voto define el destino de alguien que quizá ni siquiera era culpable.
Lo que engancha no es la mecánica: es el efecto. Porque aquí no gana el más fuerte ni el más querido. Gana quien entiende mejor a la gente. Quien sabe cuándo hablar, cuándo callar, cuándo hacerse el inocente y cuándo dejar que otro se hunda solo. Y sí, hay dinero: el premio puede llegar hasta 250 mil dólares, aunque la bolsa final depende de cuánto logren juntar en retos.

Alan Cumming carismático, teatral, preciso ha dicho que esta temporada vuelve a insistir en una idea incómoda: incluso quien “no parece capaz” de traicionar, termina haciéndolo cuando menos lo esperas. Y soltó una promesa grande: “El momento más importante en la historia de la serie ocurrirá esta temporada”, describiéndola como “brillante, cruda y real”.
La cuarta entrega también introduce un giro que altera el tablero: un “Traidor Secreto”, una figura cuyo rol se mantiene oculto incluso para la audiencia por un tramo del juego, y que condiciona ciertas decisiones clave. Sin entrar en spoilers, la idea es clara: ya no basta con “ver bien” el reality. Ahora también te toca dudar de lo que creías que el programa te estaba mostrando.
También hay algo refrescante: el show no se apoya en humillar. El conflicto nace de decisiones, no de gritos. Y eso, en un paisaje saturado de realities que confunden intensidad con toxicidad, se agradece. Si The Traitors tuviera banda sonora propia, sería el sonido de una capa rozando piedra. El vestuario no es decoración: es narrativa.

Alan Cumming con el estilista Sam Spector convirtió su imagen en una firma: tartanes, guantes, boinas, joyería, dramatismo medido. El look se siente “escocés”, pero también camp, teatral, y extrañamente lujoso. Hay un detalle delicioso: algunos outfits funcionan como pequeños easter eggs ligados a las misiones (pistas sobre retos, no sobre identidades).
Lo interesante es que el estilo también opera del lado de los concursantes. En el universo de The Traitors, la ropa es estrategia: puedes vestirte para desaparecer (neutralidad total) o para imponer presencia (prints, siluetas, lujo). Hay incluso lecturas sobre cómo la moda ayuda a manipular percepciones: parecer confiable, parecer peligroso, parecer “inofensivo”.
En un mundo donde todo mundo “optimiza” su imagen, este reality se siente como una fantasía oscura: ¿y si pudiéramos ver la intención real detrás de cada gesto? La trampa y la belleza es que nunca puedes. Ni en el castillo, ni afuera. Quizá por eso engancha tanto: no te enseña a desconfiar de todos. Te enseña a mirar con más atención. Y, con suerte, a no confundir intuición con paranoia.

La cuarta temporada de The Traitors ya está de regreso vía Universal+, con el castillo abierto, la mesa puesta y el juego listo para otra ronda de traiciones bien vestidas.