Hay una pregunta incómoda que pocos creativos se atreven a responder en voz alta: ¿Todavía estás jugando… o solo estás cumpliendo? No “jugando” como pérdida de tiempo, sino jugando como lo hacíamos antes de que todo tuviera métricas, calendario editorial y una ansiedad silenciosa por no desaparecer del feed. Ese tipo de juego en el que te equivocas sin pena, repites sin culpa y, de repente, algo suena distinto.
Ahora imagina esto: un tablero sobre la mesa, cartas, reglas que cambian, restricciones que no se perciben como castigo, sino como una puerta. Un dado que decide por ti cuando tu cabeza ya se cansó de decidir. Y tú, con audífonos, tratando de escuchar lo que todavía no existe. El ruido de afuera se apaga un poco, como si alguien hubiera cerrado una ventana. Empieza la partida.
Eso es lo que trae de vuelta a México a Tunacola: no solo canciones nuevas, sino también una forma distinta de llegar a ellas. Una gira que presenta La Casa Iluminada, un proyecto que cruza música, juego y proceso compositivo, y que, al mismo tiempo, funciona como un cierre consciente antes de entrar a un periodo largo de estudio y desarrollo.
El mundo ya está lleno de “hacks” para la creatividad: apps que prometen foco, tutoriales con fórmulas, plantillas para todo. El problema no es la herramienta; el problema es el mito: esa idea de que ser creativo es una especie de estado místico al que accedes cuando tienes tiempo, energía y una vida perfectamente ordenada.

La Casa Iluminada no se coloca en ese lugar. No es un juguete decorativo ni un gimmick de marketing. Es un sistema de composición: un juego de mesa diseñado como una herramienta real para escribir música, en el que el azar y las reglas obligan a tomar decisiones concretas, incluso cuando no te sientes “inspirado”.
Lo más interesante es la lógica: no se trata de buscar el resultado correcto, sino de romper la inercia del hábito. Si siempre compones igual, tu música empieza a sonar como un cuarto que ya conoces demasiado: cómodo, sí, pero también predecible. En cambio, cuando una regla te exige trabajar desde un mood específico, alterar el ritmo o aceptar una limitación que define toda la sesión, tu oído se ve obligado a salir de su autopista. Y ahí está el punto cultural: en un momento en el que la velocidad premia lo inmediato, el juego propone otra clase de presión. No la del algoritmo, sino la del riesgo creativo.
El tablero de La Casa Iluminada no te lleva por niveles “bonitos”; te empuja por geografías simbólicas: ciudad, cielo, mar, jungla y tierra. Cada una está asociada a estados sonoros, ritmos y modos de escucha. No como una descripción poética, sino como un mapa de trabajo: entras a un territorio y aceptas sus condiciones. La ciudad suele pedir decisiones rápidas. Aquí, la composición se siente como caminar entre luces y ruido: patrones más tensos, ritmos que empujan, estructuras que se arman con filo. No hay contemplación eterna; hay movimiento. Hay un detalle que cambia todo: este sistema no es una actividad paralela. Es el método central de composición del nuevo disco. Cada canción nace de una o varias partidas, como si el álbum fuera el registro audible de decisiones tomadas bajo reglas, azar e intuición.

Esta gira conecta directamente con ese concepto: los conciertos operan como un último encuentro antes de volver al estudio, al tablero y a una etapa de trabajo prolongada. El repertorio dialoga con ese tránsito: canciones de distintas épocas, composiciones nuevas, nacidas del juego, y un enfoque performático que subraya el cierre de un ciclo. Hay algo íntimo en la idea de despedirse “a tiempo”. No esperar a que el cuerpo se quiebre ni a que el proyecto se sienta repetido. Cerrar con intención, como quien apaga una luz sabiendo que mañana la va a encender de forma distinta.
La Casa Iluminada pone sobre la mesa una idea que resulta urgente para cualquiera que crea, trabaje o construya algo: el talento no se protege solo con la inspiración; se protege con estructuras que te obliguen a moverte cuando la mente se queda quieta. México aparece aquí como ese último cuarto con público antes de cerrar la puerta y trabajar. Y hay algo respetable en eso: no extender el ciclo por nostalgia, sino terminarlo con claridad. El juego sigue, sí, pero cambia de habitación.

Al final, quizá el verdadero lujo para nuestra generación no es tener más opciones, sino recuperar la capacidad de elegir una regla, una sola, y ver qué te obliga a inventar.