Las noches de Miami tienen una acústica particular: el golpe seco de los flashes, el murmullo de una alfombra roja que parece respirar, el eco de los tacones contra un piso que ya vio demasiadas historias. Todo es brillo, sí, pero también es control. En ese tipo de lugares, la presencia se mide en segundos y la calma se nota más que el ruido.
Ahí es donde hoy se ubica David Chocarro: en el punto exacto entre espectáculo y oficio. Lo vemos cruzar el terreno simbólico de Premios Lo Nuestro, uno de esos rituales donde la música latina se celebra como industria y como identidad, y, al mismo tiempo, sostener un regreso potente a la televisión mexicana con Mi Verdad Oculta, producción de TelevisaUnivision que arrancó con fuerza en el horario estelar. Lo interesante no es solo “estar”. Lo interesante es lo que implica mantenerse vigente cuando el público ya no consume fama, sino consistencia.
En los Premios Lo Nuestro no basta con llegar bien vestido. Hay que llegar con lectura del momento: saber qué significa pararte frente a cámaras que transmiten a millones, en una ciudad donde el show es parte del paisaje. Chocarro formó parte de los presentadores del Premio Lo Nuestro 2026, confirmando que su presencia no se limita a la ficción; también sabe habitar el vivo, el timing y la mirada del público.

Y hay un detalle que cambia la textura de la escena: caminar por la alfombra junto a su esposa, Carolina Laursen. No como pose, sino como una especie de coreografía íntima en medio del ruido. En tiempos en que todo se “postea” antes de sentirse, ese gesto de compartir el momento sin convertirlo en un performance se lee como un lujo silencioso: el de la estabilidad emocional en un entorno diseñado para la volatilidad.
Hay una enorme diferencia entre aparecer y conducir. Presentar una categoría en una premiación es un ejercicio quirúrgico: dicción, temple, carisma medido y esa rara habilidad de verse cómodo en un guion que no escribiste tú. En ese sentido, la presencia de Chocarro en un evento así se percibe menos como un “momento de exposición” y más como una extensión natural de su madurez profesional.
Porque el verdadero estatus, para un actor, no se prueba con una foto; se prueba con la capacidad de moverse entre formatos: del drama al vivo, del set controlado al caos elegante de una alfombra, del personaje al rostro propio. Ese tránsito exige algo que casi no se menciona: disciplina emocional. No puedes estar “encendido” todo el tiempo. Tienes que saber entrar y salir del foco sin perderte.
Aquí hay una lectura crítica que vale la pena sostener: la industria sigue premiando la presencia pública como si fuera sinónimo de talento. Y no. La presencia es una herramienta; el talento es el trabajo que no se ve. Lo ideal es que ambas cosas coincidan. Ahí es donde Chocarro parece jugar hoy.

El otro lado de esta etapa es menos glam y mucho más exigente: el liderazgo en pantalla. Mi Verdad Oculta debutó como la emisión número uno de la televisión en español, alcanzando 2,1 millones de televidentes totales (2+) y superando a su competencia en la noche, según información corporativa de TelevisaUnivision. Para dimensionarlo: en un panorama en el que la audiencia se fragmenta entre streaming, clips, resúmenes y “lo veo después”, arrancar así no es normal. Es un golpe de autoridad. No garantiza el futuro, pero sí marca el arranque con una señal clara: hay interés real.
Chocarro interpreta a Luciano Lizárraga, eje central de la historia. Y eso importa porque un “eje” no puede ser hueco: tiene que sostener tensión, contradicción, matices. De acuerdo con la información compartida por People en Español, la trama coloca a Luciano en el corazón de un relato marcado por heridas del pasado, amor inesperado y dilemas de justicia. Hay algo poderoso cuando un actor se permite interpretar la masculinidad sin rigidez. No como “hombre perfecto”, sino como hombre legible: alguien que sostiene, se equivoca, decide, paga costos, aprende. Para una audiencia joven en México y en Latam, eso ya no es un extra: es una expectativa.

Porque la masculinidad contemporánea se está reescribiendo en espacios donde antes no había permiso para la vulnerabilidad. Y la televisión abierta, con toda su tradición, sigue siendo un lugar clave para esa conversación: entra a casas, acompaña cenas, vive en el fondo mientras alguien trabaja.