Hackett London y David Gandy en PV/26: el viaje de un hombre que entiende el estilo desde la experiencia

Hay prendas que no entran a la conversación por estridencia, sino por timing. Las ves cuando el ruido baja: en un aeropuerto a primera hora, en un hotel donde todavía no terminan de abrir las cortinas, en el reflejo fugaz de una ventana mientras alguien ajusta el puño de una camisa antes de salir. No se sienten como disfraz ni como nostalgia. Se sienten como experiencia.

Ese punto es crucial, porque hoy la moda masculina vive atrapada entre dos impulsos que a veces chocan: por un lado, la urgencia de verse actual; por el otro, la necesidad de construir un estilo que no dependa de la aprobación inmediata. Entre esas dos fuerzas, el menswear británico contemporáneo sigue ocupando un lugar peculiar y valioso: no compite por volumen, compite por carácter.

Bajo esa lectura, “The Journey of a Man” no aparece como una campaña más de temporada. Para Primavera/Verano 2026, Hackett London presenta a David Gandy como embajador global y plantea una idea que resulta mucho más inteligente de lo que parece a simple vista: un hombre no se define por el lugar al que llega, sino por el camino que lo transforma. La campaña fue fotografiada por Mariano Vivanco en el desierto de Al Qudra, en las afueras de Dubái, y utiliza ese paisaje abierto como una metáfora deliberada del recorrido personal, del movimiento y de una evolución menos ruidosa, pero más sólida.

Durante años, buena parte de la moda masculina vendió una fantasía muy específica: el hombre impecable, inmóvil, casi intocable. El problema con esa imagen es que envejeció mal. No porque la elegancia haya perdido valor, sino porque el hombre contemporáneo ya no quiere verse como una estatua perfectamente planchada. Quiere verse preciso, sí, pero también real. Quiere ropa que soporte movimiento, decisiones, errores, clima, trayectos, agendas imposibles y momentos que no a menudo caben en una foto.

Ahí es donde esta narrativa funciona. El viaje del que habla la campaña no es solo geográfico. Es emocional, profesional, generacional. Es el trayecto de alguien que entiende que vestirse bien no significa vestirse rígido. Significa llegar a un punto en el que la ropa deja de imponerse sobre el cuerpo y empieza a acompañar la vida que llevas.

David Gandy encaja en esa lectura porque su presencia no comunica ansiedad por validarse. Comunica otra cosa: aplomo. En las imágenes no aparece como alguien desesperado por dominar el encuadre, sino como un hombre que ya entendió algo fundamental sobre el estilo. La seguridad más poderosa no siempre se anuncia. A veces solo se nota en la forma de caminar, en la pausa entre un gesto y otro, en la manera de habitar una prenda. Ese enfoque está en el centro de la campaña Primavera/Verano 2026 de Hackett London.

Lo interesante es que la colección no romantiza el viaje como escapismo superficial. Lo entiende como fricción. Viajar también implica cansancio, adaptación, calor, espera, incomodidad y reajuste. Por eso la ropa que acompaña ese ritmo tiene que responder desde la experiencia, no desde la fantasía editorial. Si una prenda no resiste el traslado real, la temperatura real y la vida real, entonces su promesa de sofisticación se queda en la superficie.

Una de las conversaciones más relevantes del menswear actual gira alrededor de la sastrería. No sobre si debe desaparecer, sino sobre cómo debe cambiar. El traje estructurado y severo todavía tiene su lugar, pero ya no domina el imaginario de un hombre joven que vive entre juntas, viajes, cenas, pausas digitales, escapadas de fin de semana y códigos de vestimenta cada vez más porosos. Lo que propone Hackett London esta temporada entra justo en esa conversación: precisión sin dureza. Es una diferencia sutil en apariencia, pero enorme en la práctica. Un blazer de estructura más suave modifica la manera en que te mueves; una overshirt de lino bien construida cambia por completo la relación entre formalidad y comodidad; un pantalón con caída natural comunica control sin necesidad de imponerse.

El enorme reto de cualquier firma con herencia británica es no convertirse en museo. Y ahí conviene ser honestos: muchas marcas usan la tradición como escudo cuando en realidad ya no tienen nada nuevo que decir. Recuperan códigos históricos, hablan de legado, repiten referencias a Savile Row y, al final, entregan una versión congelada del pasado.

Hackett evita parcialmente esa trampa porque su identidad no está planteada como reproducción literal de otra época, sino como traducción. La marca nació en 1983 a partir de la mirada de Jeremy Hackett, quien comenzó vendiendo ropa de segunda mano en King’s Road antes de desarrollar prendas propias que mezclaban referencias tradicionales con cortes más actuales. Con el tiempo, la firma consolidó líneas como Hackett London, Hackett Sport y Nº14 Savile Row, manteniendo una relación clara con la sastrería británica, pero sin encerrarse por completo en ella.

Durante demasiado tiempo se nos vendió la idea de que el valor masculino dependía de demostrar productividad, dureza o resultado. Esta campaña se mueve en otra dirección: sugiere que la identidad también se forma en el proceso, en la experiencia acumulada, en la observación, en el detalle y en la forma en que un hombre aprende a habitarse mejor con el tiempo. No es una revolución estridente, pero sí una corrección cultural que vale la pena mirar.

Lo más sólido de esta propuesta no es la celebridad, ni la locación, ni siquiera la impecable ejecución visual de Mariano Vivanco. Lo más sólido es que entiende algo que muchas campañas masculinas siguen ignorando: hoy el estilo ya no puede separarse de la experiencia. Hackett London coloca esa idea en el centro y lo hace sin renunciar a su herencia. Ahí está su mejor jugada. No intenta disfrazarse de marca disruptiva para parecer relevante, ni se queda atrapada en la solemnidad del archivo. Se mueve en un terreno más complejo: el de la elegancia que acepta el cambio.

Y sí, queda trabajo por hacer. El menswear contemporáneo todavía arrastra códigos demasiado estrechos sobre edad, cuerpo, representación y aspiración. Pero campañas como esta sí ayudan a mover la conversación hacia un lugar más maduro: uno donde vestir bien no significa encajar en una plantilla, sino refinar la manera en que atraviesas el mundo.

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