Llegas con el celular todavía caliente en la mano notificaciones, mapas, mensajes y, aun así, hay algo que no termina de acomodarse. No es hambre solamente. Es esa sensación de que todo el día fue velocidad: audífonos, pantallas, pendientes, la prisa como idioma. Entonces empujas una puerta en Hamburgo, en la Juárez, y el sonido cambia.
Se escucha el “clic” de la aguja bajando sobre el vinilo. Un hi-hat ochentero entra suave. Alguien se ríe fuerte, pero sin invadir. La luz es baja, cálida, y el aire trae ese olor a masa que ya empezó a dorarse. Te sientas y entiendes la promesa real: aquí el plan no es “ir a comer”, es volver a estar presente.
En una ciudad que te exige producir incluso cuando sales, el verdadero lujo es otro: que la noche no te pida performance. Que puedas pedir una pizza, levantar una copa, mirar alrededor y sentir que el tiempo por fin dejó de empujarte. La conversación sobre vinilos suele caer en dos extremos: el purismo (como si escuchar música fuera un examen) o la nostalgia fácil (como si “antes” fuera automáticamente mejor). Pero el resurgimiento del formato tiene una lectura más interesante: el vinilo te devuelve una cosa que el algoritmo te quitó sin avisarte la decisión.

No es lo mismo “dejar que suene” una playlist infinita que elegir un disco, voltearlo, comprometerte con un lado completo. Y no es un capricho minoritario: en Estados Unidos, el vinilo ya superó al CD en unidades y sigue creciendo año con año, con ingresos que rondan los $1.4 mil millones en 2023 según la RIAA. Ese dato no importa por presumir estadísticas; importa por lo que revela: estamos cansados del modo automático. Queremos ritual. Queremos textura. Queremos que la música vuelva a ser un objeto y no solo “algo de fondo”. En lugares como COPPOLA, la colección de vinilos ochenteros y noventeros se vuelve el centro silencioso de todo: no compite con la conversación, la dirige sin que te des cuenta.
Hay pizzas que son un “antojo” y hay pizzas que funcionan como un idioma: el idioma de compartir. La pizza napolitana bien hecha no presume. Simplemente, llega con bordes inflados, dorados, un centro flexible, y una masa que se siente viva. No necesitas cortar la escena: la mesa se convierte en reunión.


En la Juárez, esta propuesta se sostiene en técnica y en detalles: masa madre, fermentaciones largas, horno que marca el pan con un ahumado sutil. El resultado es ligero, con ese balance entre aire y mordida que te permite pedir “otra rebanada” sin que suene a exceso. Y aquí vale decirlo sin romanticismos: la pizza es democrática, pero no es barata de ejecutar. Cuando un lugar decide hacerla con intención, también está decidiendo algo sobre su público. No te quiere apurar, no te quiere dar “lo mínimo”, te quiere dejar quedarte.
Este punto conecta directo con el chef Jaime Durán: su trayectoria pasa por cocinas donde el producto manda (Pujol, OCA, Candela Romero, Casa Awolly, Market Kitchen, Casa Olympia) y eso se nota en la forma de pensar un menú para la vida real: entradas que piden centro de mesa, pastas que no quieren protagonismo, y una pizza que se entiende mejor cuando llega al mismo tiempo que otra copa. La colonia Juárez tiene ese talento: puede ser punto medio, plan principal o “pre” de algo más. Sales del trabajo, cruzas Reforma, te metes en Hamburgo y el ruido cambia de textura. Aquí se puede cenar temprano o alargarlo todo.

Y sí: parte del mito contemporáneo del lugar es que al fondo existe un club escondido, al que se entra descubriendo una cortina, como si el edificio tuviera un segundo capítulo. Time Out lo describe justo así: dentro del restaurante-bar, al final, una cortina revela el acceso a la experiencia nocturna. Esa dualidad cena melómana primero, baile después si quieres también aparece en notas gastronómicas recientes.
Aquí vale el matiz: que exista la opción “antro” no significa que todo tenga que convertirse en antro. Y ese es el punto fino. El lugar funciona aunque nunca cruces esa cortina. Puedes quedarte en la mesa, pedir otra pizza, hablar sin gritar. Esa libertad es parte de la propuesta. Sería ingenuo fingir que los vinilos, la luz baja y la pizza bien fotografiable no se llevan bien con Instagram. Claro que se llevan. Y tampoco está mal: la generación que hoy construye su identidad mezcla comida, música, estilo y social media como un solo lenguaje.

Al final, lo que se recuerda no es la lista exacta de ingredientes. Se recuerda el momento: la mesa con migas, la copa sudada, el vinilo girando, el sonido de una carcajada que no se siente forzada. Te vas y no sientes que “ganaste” la noche; sientes que la viviste.