Entramos y lo primero no es la ropa: es un muro. Un tabique falso, blanco, cortando el espacio como si alguien hubiera decidido que la pasarela necesitaba un obstáculo real. De pronto, el golpe: una perforación brutal en la pared, como si un puño hubiera atravesado el “orden” con la precisión de quien ya no negocia con lo establecido. Afuera, el mundo trae su propia tensión; adentro, la moda la convierte en lenguaje.
Y luego suena esa frase que no necesita traducción: “I want to break free”. No como nostalgia, sino como recordatorio: hoy la libertad no es un concepto bonito; es una necesidad práctica. La ropa cuando se hace bien también puede ser una forma de salir de un molde sin perder identidad.
En esa coordenada se entiende Sacai Fall 2026 Men’s: no como “colección”, sino como un ensayo físico sobre cómo romper lo rígido sin caer en el caos. No es “destruir por destruir”. Es desarmar para volver a construir con más intención… y con más verdad. Hay una realidad que cualquier hombre joven reconoce: tu vida rara vez es de una sola pieza. Trabajo, amigos, pareja, familia, gimnasio, ciudad, ansiedad, ambición, calma… todo ocurre en capas. Entonces, ¿por qué la ropa tendría que ser lineal?

La clave aquí es la hibridación: prendas que mezclan categorías como si fueran playlists sastre con utilitario, denim con sastrería, chaqueta con abrigo para crear algo nuevo sin pedirte que elijas “un personaje”. Eso se siente especialmente actual en México, donde muchas veces vives con una identidad doble: aspiracional y realista; elegante y callejero; sensible y duro. La escenografía no estaba “bonita”; estaba cargada. La referencia a Muhammad Ali más símbolo que biografía aterriza la metáfora: romper la pared como acto de liberación. Y eso se vuelve más potente porque no pretende ser ingenuo: el contexto global está tenso, y la moda no vive en un domo esterilizado.
El soundtrack remata la idea con una especie de editorial musical: Queen abre el impulso de ruptura y Tears for Fears cierra con una pregunta incómoda sobre quién manda, quién obedece, quién “domina” el tablero. No se trata de “politizar” por pose, sino de admitir algo básico: la ropa también responde al clima mental de una época. Lo que hace que esta propuesta sea más que un concepto es la ejecución. Aquí hay prendas que se sienten como mecánica de precisión: no solo “se ven raras”, se mueven con intención.




Un ejemplo que se queda contigo: pantalones que parecen dos ideas al mismo tiempo. Un mash-up entre bermuda sastre y pierna recta, pero resuelto con una construcción tan limpia que no te grita “mira mi costura”. La parte corta se transforma hacia la pierna larga casi sin transición visible como si la prenda estuviera mutando mientras caminas. También están las chaquetas “cortadas” horizontalmente, donde la sección inferior parece vivir con autonomía: se mueve independiente, pero sigue siendo una sola pieza. Es un detalle que suena técnico, sí, pero se siente visceral: te da la impresión de que la prenda respira, de que no está atrapada en una forma única.
El denim aparece sin caer en la trampa del “workwear de Instagram”. La colaboración con Levi’s juega con siluetas icónicas (Type 1, Type 2) y las mezcla con tweeds, abrigos y estructuras más formales, como si te dijera: el clásico no se venera, se reinterpreta. Hay un tipo de lujo que hoy importa más que el logo: el lujo de comprar algo que no se agota en una sola temporada mental. Si el precio sube (y sube), el consumidor exige valor real: detalles, versatilidad, construcción, narrativa. Ese es el terreno donde esta visión se vuelve convincente.
El cierre con quilts re-trabajados trae una capa que vale discutir sin moralina: consumo responsable con estética. El proyecto de quilts de A.P.C. con Jessica Ogden nació de reusar telas acumuladas (deadstock) y convertir archivo en objeto vivo. Aquí el quilt no es “cozy”; es una forma de recordar que la moda puede hacer algo inteligente con su exceso. Y también es una tensión: cuando el quilt se queda demasiado pulcro, pierde la aspereza que el tema prometía. De hecho, el gran “pero” posible es ese: se antoja que la parte acolchada hubiera ido más lejos más parches, más gesto artesanal para que la ruptura se sintiera menos controlada y más humana.




La colección se sostiene por algo que muchos diseñadores persiguen y pocos logran: deseabilidad con usabilidad. Hay deconstrucción, sí, pero no como disfraz. Hay “wow”, pero con posibilidades reales de entrar a tu clóset sin pedirte que cambies de personalidad. Al final, volvemos al muro. Porque todos tenemos uno: el de la expectativa familiar, el del trabajo que pide “seriedad”, el de la masculinidad que aún castiga la sensibilidad, el del algoritmo que te empuja a verte igual que todos. La propuesta de Abe no dice “sé libre” como frase bonita. Te pone enfrente el acto: atraviesa.
Lo más valioso es que la ropa no se siente como sermón ni como espectáculo vacío. Se siente como herramienta para un hombre que quiere verse fuerte sin volverse rígido; que quiere verse distinto sin volverse caricatura; que quiere aspirar sin fingir. Y sí: falta. Falta más riesgo en ciertas piezas, falta más fricción visible con lo “correcto”. Pero quizá esa es la verdad incómoda de 2026: estamos aprendiendo a romper, sin saber todavía cuánto caos podemos soportar.

Si hoy te preguntas cómo vestirte sin traicionarte en la oficina, en una cita, en una ciudad que exige piel dura, Sacai te deja una pista: no tienes que elegir una sola forma. Puedes diseñarte en capas.
