Patrique Van Rongen: la ropa que se hace con memoria, no con tendencias

Una moneda de diez centavos de oro, cosida como botón en la solapa de una chamarra de corte militar. No es un accidente. No es un guiño irónico al maximalismo barato. Es un argumento completo sobre quién eres, de dónde vienes y qué decides conservar. Eso es lo primero que te dice la nueva colección de Patrique Van Rongen antes de que leas una sola línea sobre ella.

Wardrobe No. 1: Sobre nuestra infancia llegó el 10 de marzo de 2026 como el debut formal de su casa de diseño. Y lo que trajo no fue otra colección más del circuito emergente mexicano buscando validación en Instagram. Fue algo más complicado de fabricar: honestidad. La clase de honestidad que solo consigues cuando regresas a las raíces de por qué empezaste.

Patrique Van Rongen creció con dos mundos en paralelo que, para cualquier otro niño, habrían sonado contradictorios. Por un lado, el rancho de sus padres en el estado de Hidalgo: tierra, animales, un ritmo de vida orgánico y sin poses. Por el otro, Europa. Abuelos holandeses que llegaban de visita, viajes desde pequeño al otro lado del Atlántico, historias de posguerra que su abuela le contaba en un tono tranquilo, casi cotidiano, como si hablar de hambre y nazismo fuera simplemente parte de lo que había pasado.

Y lo era. Su abuela tenía diez u once años cuando la Segunda Guerra Mundial azotó los Países Bajos. Le contaba de una vecina judía a quien le hacía el mandado, le llevaba la comida, hasta que un día fue a tocarle la puerta y ella ya no estaba. Se la habían llevado. Así, sin más. Esas historias le llegaban al diseñador como imágenes directas, no como lección de historia. Y se quedaron.

A los ocho años, esa misma abuela le enseñó a coser. A los nueve, Patrique le pidió a Santa Claus su primera máquina de coser. «Y ahí la vida me cambió», dice. Sin dramatismo. Con la certeza de quien ya lleva años sabiendo que eso fue exactamente lo que ocurrió.

La pregunta que se hacía cualquiera que viera los primeros bocetos de esta colección era legítima. ¿Cómo tomas la dureza visual de la milicia de los años 40, ese universo de uniformes, rigor y disciplina, sin que aplaste todo lo cálido y personal que viene del rancho familiar, de la memoria de la abuela, de una infancia que también incluía texturas suaves y momentos íntimos?

Van Rongen lo resuelve desde la construcción, no desde el concepto. Estudió en el Colegio Suizo en México «cuadrado como reloj suizo, literal», dice él, y esa disciplina le quedó grabada en la forma en que piensa cada prenda. Pero también estudió en la universidad y ahí descubrió algo que lo cambió: la sastrería artesanal mexicana. No la napolitana, no la inglesa, no la milanesa. La mexicana.

«Mucho se habla de la sastrería napolitana, milanesa, inglesa, pero muy poco se habla de la sastrería mexicana», señala. Y tiene razón. Lo que hace particular a la sastrería en México es su relación directa con la geografía y el clima: un país con tantos microclimas obliga a decisiones técnicas específicas sobre estructura interna, selección textil y construcción. Eso es precisamente lo que Van Rongen pone al centro de su marca: la técnica como argumento, la hechura como narrativa.

Patrique Van Rongen trabaja con telas deadstock materiales de archivo que existieron antes en otra marca, otro contexto, otra vida. En México, esta práctica es todavía escasa entre diseñadores emergentes, lo que hace que su posición sea aún más clara. Su primera colección buscó telas en París. Esta segunda mantiene esa filosofía de deadstock pero la integra con la narrativa familiar: textiles que ya vivieron, reimaginados desde la memoria de alguien que también tuvo que aprender a construir desde lo que quedó.

Van Rongen lleva trabajando desde su primera colección con una idea que en México todavía genera fricción: que lo masculino y lo femenino no son dos armarios separados, sino dos extremos de un mismo espectro que puede habitarse con libertad. Lo hace desde quien es genuinamente bisexual, criado con la disciplina de un colegio suizo y con la sensibilidad de un niño que aprendió a coser antes de aprender a conducir, y eso le aporta a su trabajo una coherencia que ningún brief de marketing puede fabricar.

La colección tiene dos piezas que lo explican mejor que cualquier texto. Una: un tank top de seda con escote columpio. Sencillo, casi minimalista. No obstante, se presenta un textil y una silueta tradicionalmente vinculados a la feminidad, utilizados con firmeza en una propuesta que se interpreta como masculina. Dos: la chamarra militar ya descrita, con toda su estructura y sus botones de régimen, terminada con esa moneda de oro cosida a mano. Una pieza que se te impone antes de que decidas qué pensar de ella.

La siguiente frontera emocional que Van Rongen quiere vestir aún no tiene título. Lo que sí tiene es una dirección: más profundidad, más personas, más capas de la misma esencia. Si la primera colección fue sobre masculinidad histórica y silenciada, y la segunda suma la dualidad cultural y la memoria familiar, la tercera podría ser la más íntima que hayamos visto de esta marca. O la más universal. Con Van Rongen, los extremos siempre terminan siendo lo mismo.

Esa moneda de diez centavos de oro cosida a la solapa no es solo un detalle de colección. Es el manual completo de esta casa de diseño: encontrar valor en lo que el mundo descarta, trabajarlo con rigor y entregarlo de vuelta como algo hermoso y necesario.

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