La Ciudad de México tiene una forma particular de bajar las revoluciones en los primeros días de enero.
Después de la vorágine de cenas, brindis y tráfico colapsado, queda una especie de resaca visual; una calma en la que empezamos a procesar lo que acabamos de vivir. Si volteamos a ver lo que sucedió en las últimas semanas en el epicentro del estilo de vida capitalino, hay un denominador común que rompió con la monotonía del verde y dorado tradicionales. Hablamos de una saturación de rojo. Pero no cualquier rojo. No ese tono brillante y desechable de la decoración genérica, sino un rojo profundo, parisino y cargado de intención. Durante el último mes, la narrativa visual de las celebraciones más sofisticadas en la ciudad cambió de código, apostando por una estética que nos recordó que celebrar no es solo juntarse a beber, sino un arte que requiere atmósfera.
Esa atmósfera tuvo un nombre y apellido claro esta temporada. Si pasaste por Polanco en diciembre, fuiste testigo de cómo la arquitectura de lo efímero puede pesar más que lo permanente. La conversación sobre el savoir-fête (el saber celebrar) se materializó en una estructura que, aunque cerró sus puertas ayer, dejó una vara muy alta para el resto del 2026.
El lujo moderno ya no se trata de tener el objeto, sino de la historia que te cuenta mientras lo consigues. Bajo esa premisa, la octava Pop-Up End Of Year de Moët & Chandon se instaló en El Palacio de Hierro Polanco, funcionando no como una tienda, sino como una embajada cultural. Hasta el día de ayer, 2 de enero, este espacio fue la referencia física de cómo se ve una celebración contemporánea: menos rígida, más vibrante. Para un hombre que entiende de consumo, es interesante analizar la alianza. Tienes a la Maison fundada en 1743 y al referente del retail de lujo en Latinoamérica operando en sinergia. No fue casualidad que este fuera uno de los espacios más grandes de la marca a nivel global. Al entrar, la experiencia de personalización, desde la caligrafía en las etiquetas hasta el arte del gifting nos recordó algo que a veces olvidamos entre prisas digitales: el verdadero lujo requiere tiempo y tacto humano.

La presencia de perfiles como Fabiola Guajardo o Eugenia González en la apertura no fue solo protocolo; validó el espacio como el punto de encuentro social de la temporada. Sin embargo, más allá de los nombres propios, lo rescatable fue la ejecución: traer la vibra de Saint-Germain-des-Prés a la Ciudad de México sin que se sintiera como un decorado de cartón piedra, sino como una extensión legítima de la identidad francesa. Aquí entramos en el terreno de lo tangible. La edición limitada que vistió las mesas de fin de año y que seguramente todavía tienes en la cava esperando el brindis de Reyes apostó por reinterpretar el patrimonio. El diseño, inspirado en la luz de París, utiliza el rojo como un hilo conductor de energía y pasión.

Es curioso cómo un cambio de packaging puede alterar la percepción del contenido. Al servir un Moët Impérial de esta edición, la experiencia sensorial parece distinta, aunque el líquido mantenga esa precisión técnica que define a la casa. Estamos hablando de un champagne que, servido entre 6 y 8°C, funciona con una versatilidad peligrosa (en el buen sentido): lo mismo acompaña un sushi técnico en una barra japonesa que los mariscos frescos de una comida de recuperación este fin de semana. La Maison habla de “conexión humana” y, aunque suene a copy de marketing, hay una verdad de fondo. En una época donde solemos estar más pendientes del teléfono que de la persona que tenemos enfrente, el ritual de abrir una botella que exige atención visual y táctil nos obliga a pausar. El rojo de esta edición funcionó como una señal de “alto” al ruido exterior para centrarnos en lo que pasaba en la mesa.

Ahora que la Pop-Up ha concluido su ciclo y la decoración navideña empieza a guardarse, vale la pena hacer un balance. Las experiencias pop-up tienen el riesgo de sentirse vacías si solo buscan la foto para Instagram. Sin embargo, cuando hay un heritage real detrás como el de una marca que lleva casi tres siglos definiendo cómo celebra el mundo, lo efímero cobra peso. Nos quedamos con la lección de estética y hospitalidad. La temporada de fin de año 2025 será recordada visualmente por esa invasión de elegancia roja. Y aunque la estructura física en Polanco ya no esté, las botellas de edición limitada que quedan en circulación son pequeños trofeos de esa narrativa.

El reto para este 2026 que inicia es mantener ese nivel de intencionalidad. No esperar a diciembre para celebrar con ese nivel de detalle. Si algo nos enseñó esta temporada, es que la sofisticación no es un disfraz que te pones una vez al año, sino un lenguaje que se practica y se bebe con constancia.












