Hay días en los que no quieres “salir a comer”. Quieres volver a ti, encontrar un lugar donde el ruido baje un par de niveles, donde el cuerpo deje de estar en modo alerta y la mente por fin se dé permiso de sentirse cómoda. En la mesa, lo que buscas no es sorpresa: buscas calma. Calor. Algo que te abrace sin pedirte explicación.
En esos días, el ramen deja de ser antojo y se convierte en ritual. Lo pides como quien se pone una chamarra bien cortada: por función, por sensación, por identidad. Y por eso, cuando una nueva casa de ramen aparece en Polanco, vale la pena mirarla sin prisa: no como novedad, sino como una señal de lo que andamos necesitando. Porque sí: ramen contemporáneo con alma japonesa y espíritu libre no suena a eslogan cuando el bowl llega humeante, cuando el caldo tiene profundidad y la calle se queda afuera, aunque estés a dos cuadras del mundo que corre.
El ramen tiene un truco emocional que pocas comidas dominan: es popular y complejo al mismo tiempo. Nació como comida de calle, creció como obsesión regional, y hoy es una experiencia cultural completa que en Japón hace que la gente haga fila por un bowl accesible, personal, casi íntimo. Por eso conecta tanto con un hombre joven hoy: porque no se trata de “comer bien” como performance, sino de comer con intención. Un bowl caliente es una pausa con estructura. Es carbohidrato con propósito. Es umami como recordatorio de que el día no te tiene que ganar.

Hay palabras que explican una filosofía. “Menya” se traduce, literalmente, como tienda/casa de fideos. Y esa diferencia importa: sugiere cercanía, repetición, rutina querida. No vas a una menya para “conocerla”; vas para volver.
La vibra tradicional de una menya como la imaginamos en Tokio suele ser directa: barra, vapor, conversación baja, y esa sensación de que el lugar está diseñado para que el bowl sea el protagonista. Eso, en Polanco, tiene un valor extra: el barrio donde muchas experiencias se sienten como vitrina, agradece un espacio que se sienta cálido, urbano y relajado sin perder precisión. Y cuando ese lugar existe, lo notas rápido: no por lo que grita, sino por lo que no necesita gritar.


En Galileo 31, Polanco, se suma una nueva coordenada al mapa del ramen. No es menor: Galileo tiene ese pulso raro entre lo residencial y lo cosmopolita, entre lo que pasa todos los días y lo que pasa cuando decides salir “solo un rato”. En esa frontera, un buen ramen funciona como lenguaje universal. La propuesta aquí se entiende como comfort food honesto y accesible, con ambiente cálido y una sensibilidad contemporánea: lo suficientemente urbano para sentirse actual, lo suficientemente relajado para que no tengas que “actuar” tu comida. Ese equilibrio es el nuevo lujo: el que no te obliga a ser otro.
Y si el nombre viene de janken piedra, papel o tijera, hay una metáfora que se siente correcta: el ramen como juego serio. Algo simple en apariencia, con profundidad en la práctica. Ganas cuando eliges bien… y cuando te entregas al momento. En plataformas donde se puede ver el detalle de sus bowls, aparecen combinaciones claras y muy “Tokyo ramen-ya” en espíritu: Tokyo Tori Shoyu (caldo de pollo estilo shoyu, jengibre, espinaca baby), Chashu Tonkotsu Miso (miso blanco, chashu, maíz, ajonjolí), Kinoko Ramen (hongos, shiso, pak choy, edamame) y el favorito del chef en su versión picante, Chashu Aka Tonkotsu.

El Chashu Aka Tonkotsu se describe como una versión picante del clásico tonkotsu, con chashu de cerdo, maíz, cebolla morada encurtida y aceite de chile. El detalle importante no es “que pica”, sino cómo pica: el mejor picante no compite con el caldo; lo perfila. Te obliga a comer más lento, a respirar, a poner atención. Y en una comida que ya es ritual, eso se agradece. La opción Kinoko permite versión vegana con caldo de vegetales. Esto importa por una razón cultural: la comida plant-based dejó de ser “plan B” y se convirtió en un criterio de calidad cuando está bien resuelta. Lo vegano aquí no es un gesto para quedar bien; es una manera de decir: la profundidad no depende solo del animal; depende del oficio.
Janken Menya llega a Polanco con esa promesa: ramen artesanal, ambiente cálido y un espíritu libre que no se toma demasiado en serio… excepto cuando se trata del bowl. Y esa combinación, para una generación que vive entre la ambición y el cansancio, tiene sentido.