El domingo de carrera ya no empieza cuando se apagan las luces. Empieza antes: en el café que te tomas con audífonos, en el scroll que te suelta un onboard a 300 km/h, en el mensaje del grupo que pregunta dónde se va a ver la largada. La Fórmula 1 dejó de ser solo deporte para convertirse en un lenguaje: de precisión, de pertenencia, de estética.
Y cuando algo se vuelve lenguaje, inevitablemente termina en el clóset. No como disfraz, sino como uniforme cotidiano: esa prenda que te acompaña a la oficina, al bar, al aeropuerto; la que dice “me importa” sin tener que explicar demasiado. En ese territorio entre el rendimiento y la identidad aterriza la nueva colección de fanwear que acompaña el debut del Cadillac Formula 1® Team en 2026, con Tommy Hilfiger como socio oficial de apparel y fanwear.
Hay una diferencia fina, pero brutal entre usar algo inspirado en las carreras y verte como si fueras a cargar llantas. El mejor sportswear toma un código (velocidad, técnica, riesgo) y lo baja a la vida real sin caricaturizarte. Por eso el “trackside dressing” funciona cuando se siente ponible: cortes limpios, materiales que aguantan el día, detalles que solo se notan si te acercas.

La colección juega justo ahí: piezas réplica del kit oficial (gorras, camisetas, polos) que se sienten elevadas por construcción y por desempeño, con textiles pensados para el calor, el movimiento y el ritmo largo de un día completo incluida la parte en la que sudas, aunque no estés en una pista. Y sí: hay una fantasía detrás. Ponerte algo “de equipo” es una forma de entrar al mundo. Pero la fantasía madura cuando no depende de gritar logos; cuando se sostiene en calidad, caída, textura y un diseño que no te exige explicarte.
Durante años, la F1 fue un universo europeo: tradición, protocolo, paddock como club privado. Esa narrativa cambió a golpes de cultura pop, streaming, música, moda y ciudades que entienden el evento como festival. El resultado es evidente: hoy la F1 compite por atención en el mismo terreno que compiten los tenis, los relojes, los conciertos y el streetwear.
En ese contexto, la llegada de un equipo estadounidense con el respaldo de General Motors no solo suma un auto a la parrilla: suma una idea de sportswear americano moderno. Menos nostalgia, más presente; menos “heritage” como museo, más “heritage” como herramienta. La alianza se apalanca en esa lectura: clásicos con actitud, preppy sin rigidez, performance sin caer en lo táctico.

La paleta es clave: rojo, blanco y negro con acentos metálicos/cromados. En un mundo saturado de drops, el metal funciona como símbolo silencioso: sugiere máquina, sugiere ingeniería, sugiere “objeto” más que “playera”. Y cuando el fanwear se siente como objeto, cambia el juego: ya no es souvenir, es pieza. La colección no se queda estática: durante la temporada 2026 habrá drops adicionales para carreras seleccionadas, incluyendo “Race Specials” inspirados en ciudades como Miami, Austin y Las Vegas, con combinaciones de color y gráficos localizados.
Volvamos al domingo de carrera. Te levantas, eliges qué ponerte, y sin pensarlo estás eligiendo cómo te presentas ante el día. Hay prendas que te hacen sentir más rápido, más afilado, más listo. No porque tengan un logo, sino porque te quedan bien y te acompañan. Eso es lo que hace relevante este lanzamiento: no propone “ropa para fans” como souvenir, sino sportswear como extensión de una cultura que ya es global. Y al mismo tiempo deja una advertencia clara: cuando el estilo se vuelve espectáculo, el consumo se vuelve tentación.

La mejor manera de entrar a esta nueva era del sportswear americano moderno es con criterio: elegir piezas que aguanten el tiempo, que no te disfracen y que cuando las uses se sientan como una decisión tuya, no como una tendencia que te empujó.