Había algo que no cerraba del todo en esa conversación. Dos amigos en una terraza, una noche larga, y uno de ellos lo soltó sin drama: «No sé cómo llamarle a lo que sentí, pero tampoco me importa ponerle nombre.» El otro asintió. No hubo incomodidad, no hubo silencio incómodo, no hubo el clásico chiste para desviar el tema. Solo una pausa breve y otro trago. Algo había cambiado, aunque difícil señalar exactamente cuándo.
Esa escena cotidiana, casi sin importancia para quienes la viven es justamente el centro del debate que lleva años gestándose en silencio y que en 2026 ya no puede ignorarse: ¿qué significa, hoy, ser un hombre heterosexual que alguna vez sintió curiosidad, atracción o experimentó algo fuera de esa categoría? ¿Sigue siendo útil la etiqueta «hetero curioso»? ¿O esa frase ya cumplió su ciclo y necesitamos un lenguaje más preciso, más honesto?
El término «hetero curioso» nació en los años 90 como una forma de nombrar lo que entonces no tenía nombre: hombres que se identificaban como heterosexuales pero que reportaban atracción, fantasías o experiencias con otros hombres. Fue un avance. Antes de eso, ni siquiera existía ese espacio conceptual. Pero las palabras envejecen, y esta en particular carga con décadas de estigma, ambigüedad y, paradójicamente, más confusión de la que resuelve.
El problema con «hetero curioso» es su propia estructura: define lo que alguien no es (no gay), en lugar de describir lo que es (alguien con una sexualidad más amplia de lo que el binario permite). Es una etiqueta que nació para tranquilizar, no para iluminar. Y tranquilizar, en este contexto, significa básicamente decirle al mundo: «no te preocupes, sigo siendo mayormente heterosexual.»
Pero la sexualidad masculina, como sugiere cada vez más la investigación contemporánea, rara vez funciona con esa pulcritud. Un estudio de la Universidad de Cornell liderado por el psicólogo Ritch C. Savin-Williams documentó respuestas fisiológicas en hombres que se autodefinían como heterosexuales ante estímulos visuales con personas del mismo sexo. La conclusión era clara: «fisiológicamente, los hombres no son enteramente gais o heterosexuales.» No era un hallazgo moral ni político. Era ciencia básica sobre el funcionamiento del cuerpo humano.
Hay un dato que merece detenerse: según el Ipsos Pride Survey 2024, el 17% de los jóvenes de la Generación Z promediando 26 países se identifica como parte de la comunidad LGBT+. No porque haya más personas con orientaciones diversas que antes, sino porque hay más personas dispuestas a nombrarlo. La diferencia es fundamental.

Para los millennials, ese porcentaje baja al 11%. No es que una generación sea «más gay» que otra; es que el sistema de categorías que usamos para hablar de sexualidad está evolucionando más rápido de lo que los frameworks del siglo pasado pueden contener. Un reporte de Hinge publicado en 2025 encontró que los usuarios de la Generación Z son un 39% más propensos que los millennials a haber reconsiderado su orientación sexual a raíz de una atracción inesperada. Esa apertura no es inestabilidad: es honestidad.
Y aquí está el matiz que frecuentemente se pierde en la conversación pública: reconocer esa fluidez no implica cambiar de identidad. Un hombre puede haber sentido atracción por otro hombre una vez en su vida, haber pensado en ello, haber hablado con alguien de confianza al respecto, y seguir siendo completamente, sin contradicción heterosexual. O bisexual. O simplemente un hombre que prefiere no colocarse etiquetas que no le corresponden del todo. Ninguna de esas opciones invalida a las otras.
Que la sexualidad femenina se perciba como más fluida que la masculina no es un accidente biológico: es el resultado directo de décadas de presión cultural específica sobre los hombres. La investigación de Savin-Williams lo dice sin rodeos: «los hombres han soportado tanta presión cultural, tanta basura, que si sienten atracción sexual también hacia otros hombres no lo dicen.

En México, ese peso cultural es especialmente concreto. Un estudio publicado en Dialnet sobre masculinidad en hombres jóvenes mexicanos encontró que, aunque no hay diferencias en los patrones de masculinidad y feminidad según orientación sexual, persiste una tensión entre la autoidentificación y el entorno social. Dicho de otro modo: lo que un hombre siente puertas adentro y lo que está dispuesto a admitir en una reunión de trabajo o frente a su familia siguen siendo dos cosas distintas. Eso no es hipocresía, es un reflejo de sistemas que todavía castigan la ambigüedad en los hombres con una dureza que no aplica del mismo modo a las mujeres. Y ese sistema, aunque se está agrietando visiblemente, sigue operando. Negarlo sería tan irresponsable como exagerarlo.
Uno de los malentendidos más tenaces alrededor de este tema es equiparar fluidez sexual con falta de claridad sobre quién eres. Como si admitir que la atracción tiene matices fuera lo mismo que no saber con qué pie levantarte por las mañanas.
La psicóloga Lisa Diamond, una de las investigadoras más citadas en este campo, acuñó el concepto de «fluidez sexual» precisamente para separar esas dos ideas: la identidad (quién eres) puede ser estable mientras que la atracción (a quién deseas, en qué contextos, con qué intensidad) se mueve. Son sistemas distintos que operan en paralelo. Que uno tenga cierta movilidad no desestabiliza al otro.
Esto importa especialmente para hombres jóvenes que están explorando su vida emocional y sexual en tiempo real, sin los mapas que tuvieron generaciones anteriores. La fluidez no pide que renuncies a tu identidad; pide que la construyas con más honestidad y menos miedo. Que la narrativa que te cuentas sobre ti mismo sea tuya, y no heredada de alguien que tampoco tenía del todo claro cómo funciona el deseo humano.

Hay una trampa en la que es fácil caer cuando se habla de identidad y sexualidad: creer que nombrar algo lo resuelve. Que si encontramos la etiqueta correcta «mayormente heterosexual», «heteroflexible», «queer», «fluido» el tema queda cerrado, no es así.
El reporte sobre tendencias sexuales de 2026 publicado por Clarín señala que este año se consolida un patrón claro: las generaciones más jóvenes toman decisiones más conscientes sobre el placer y los vínculos, lejos del piloto automático cultural que operó durante décadas. Eso es alentador. Pero también señala una brecha: entre las ciudades grandes, donde estos marcos conceptuales circulan con relativa fluidez, y entornos más conservadores donde la conversación todavía no ha llegado.
Y aquí está la tensión real que vale la pena nombrar: la fluidez sexual como concepto puede volverse tan performativa como las etiquetas que pretende reemplazar. El riesgo no es explorar; el riesgo es explorar para parecer progresista, sin que ningún proceso genuino esté ocurriendo adentro. La autenticidad, en este como en otros temas, no se construye hacia afuera. Se construye en privado, con honestidad, y sin necesitar validación externa para existir.
Regresa a esa terraza, el amigo que habló no estaba haciendo un anuncio, no estaba buscando consejo, no estaba en crisis. Solo estaba siendo honesto sobre algo que había experimentado y que no encajaba perfectamente en ninguna categoría disponible. Y eso, en sí mismo, ya es un acto de madurez emocional que las generaciones anteriores raramente se permitían.

La pregunta relevante para 2026 no es «¿qué eres?» sino «¿eres honesto contigo mismo sobre lo que sientes?». El «hetero curioso» de los 90s fue una forma de abrir esa puerta apenas una rendija. Hoy, la conversación puede darse con las ventanas abiertas, sin necesidad de disculparse por la corriente.
Lo que falta, todavía, es que esa apertura llegue a todos los espacios donde los hombres jóvenes en México construyen su identidad: no solo en las redes sociales ni en las revistas de cultura, sino en los vestuarios, en las conversaciones con los padres, en los grupos de amigos donde todavía cuesta más admitir una duda que fingir una certeza.

Ese es el trabajo que sigue. Y comienza, como casi todo lo que vale la pena, con hablar sin pretender que ya lo sabías todo.