Aarón Mercury no quiere ser perfecto, quiere reconocerse

La generación que asegura no querer encajar pasa una cantidad considerable de tiempo pensando cómo diferenciarse. No es necesariamente una contradicción, o quizá sí. Basta abrir TikTok durante algunos minutos para encontrarse con miles de personas defendiendo su autenticidad mientras utilizan el mismo audio, compran la misma chamarra y repiten una estética cuyo nombre probablemente surgió dos semanas antes. Nos dijeron que ya no existen reglas para vestirnos, pero el algoritmo continúa premiando ciertos cuerpos, gestos y formas de llamar la atención.

Aaron Mercury conoce bien ese territorio. Comenzó creando videos cuando la pantalla vertical todavía parecía un espacio espontáneo y ahora se mueve entre campañas, alfombras, portadas, música y estadios. Su imagen ya no es solo una expresión personal: también es parte de su trabajo. Por eso, cuando conversamos con él como embajador de AXE durante la temporada del Mundial 2026, no nos interesaba preguntarle únicamente qué se pone o cuál es su fragancia favorita. Queríamos entender algo menos cómodo: cómo se construye un estilo propio cuando millones de personas pueden opinar sobre él. Y si realmente es posible dejar de vestirse para gustarle a los demás.

Aaron aparece en nuestra conversación después de haber llevado uno de esos outfits que obligan a tomar una postura. Para el partido entre México y Portugal eligió traje de charro, una capa tricolor de gran volumen y botas verdes; era imposible no verlo. Algunos lo entendieron como un homenaje visual a México. Otros lo consideraron excesivo; también hubo quienes asumieron que se trataba de una estrategia calculada para generar contenido. Probablemente existía un poco de las tres cosas. No estamos aquí para decidir si fue el look más elegante del estadio. Eso sería reducirlo a una evaluación demasiado predecible. Lo interesante es que Aaron eligió algo que no podía pasar desapercibido y aceptó el riesgo de ser cuestionado.

“Había gente que me decía que estaba loco, pero siento que justo de eso se trata el Mundial”, nos cuenta. “Es uno de esos momentos donde todo el mundo se atreve a hacer cosas que normalmente no haría”.

Los estadios permiten ese tipo de libertad. Dentro de ellos, un sombrero monumental, una cara completamente pintada o una capa que bloquea parcialmente la vista de la fila siguiente pueden entenderse como expresiones legítimas de emoción. Durante noventa minutos, la exageración deja de necesitar una explicación.

Sin embargo, la pregunta continúa cuando termina el partido: ¿usar algo llamativo porque te representa es autenticidad o performance?

Aaron no intenta resolver completamente la contradicción. Tampoco tendría sentido exigirle una respuesta definitiva. Su trabajo ocurre frente a cámaras y su estilo inevitablemente dialoga con ellas. Lo que sí defiende es que, detrás del impacto visual, debe permanecer una conexión personal.

“Puedes traer un look súper sencillo un día o algo completamente fuera de lo normal al día siguiente, y las dos versiones pueden ser auténticas si realmente te representan”.

Cuando comenzó en redes sociales, Aaron experimentaba con distintas tendencias porque todavía estaba descubriendo qué le gustaba. Probaba prendas, observaba referencias y cambiaba constantemente. No hay nada particularmente heroico en eso. Es el proceso habitual de cualquier persona joven, con la diferencia de que él lo atravesó frente a una audiencia. “Cuando empiezas en redes sociales, es muy fácil pensar que tienes que seguir todas las tendencias o hacer lo mismo que ves en otros porque es lo que funciona”, reconoce.

Aaron asegura que hoy su relación con el estilo es más personal. Ya no piensa primero en si una prenda está de moda o si alguien más la utilizaría. Prefiere que lo que lleva puesto diga algo sobre cómo se siente ese día. Pero no afirma haber dejado de experimentar; un día puede elegir una combinación clásica; al siguiente, una capa tricolor. La diferencia, explica, está en no sentirse disfrazado de alguien más.

La idea suena sencilla hasta que intentas aplicarla. ¿Cuántas prendas hemos comprado porque nos gustaban realmente y cuántas porque nos gustó la persona que las llevaba? ¿Cuántos hombres dicen no interesarse por la moda mientras utilizan exactamente el uniforme visual de su círculo social?

Le preguntamos directamente si ser guapo y ser auténtico son dos cosas distintas. “Para mí, la autenticidad vale muchísimo más”, responde.

Durante décadas, la imagen masculina estuvo marcada por una aspiración bastante limitada: verse fuerte, limpio, seguro y aparentemente poco preocupado por su apariencia. El esfuerzo tenía que existir, pero permanecer oculto. Un hombre podía invertir tiempo en su físico, su cabello o su ropa siempre que fingiera no haberlo pensado demasiado.

“Hay veces que quiero algo mucho más relajado y otras donde digo: ‘Hoy sí quiero arriesgarme un poquito más’”. Esa posibilidad de cambiar también rompe con una idea bastante rígida de identidad. Tener estilo no significa vestirse igual durante diez años, tampoco exige encontrar una estética, ponerle nombre y convertirla en uniforme.

No hace falta idealizar a Aaron para entender la frase. Cualquier hombre que se haya presentado a una primera cita, una entrevista de trabajo, un evento donde no conoce a nadie o una reunión en la que siente que todos visten mejor ha experimentado esa negociación interna.

La Fine Fragrance Collection representa además una transformación curiosa para AXE. La marca que muchos hombres recuerdan por vestidores saturados de aerosol ahora habla de notas inspiradas en perfumería premium y de fragancias elegidas según personalidad, ocasión o estado de ánimo, Aaron identifica un paralelo evidente con su propia carrera.

Él pasó de grabar lipsyncs en su habitación a convertirse en una figura observada por medios, marcas y millones de usuarios. En ambos casos existe una intención de madurar sin borrar completamente el origen; cuando algo popular intenta ser tomado en serio, suele cometer un error: avergonzarse de aquello que lo hizo conocido.

En Aaron parece permanecer el gusto por probar, exagerar y generar conversación. Lo que cambió es el nivel de conciencia detrás de cada elección. El joven que seguía tendencias para entender qué funcionaba ahora intenta usarlas sin desaparecer dentro de ellas. Cuando dejas de intentar gustarle a todo el mundo, algunas personas efectivamente dejan de aprobar lo que haces. Ese es el precio que rara vez aparece en los discursos sobre “ser tú mismo”.

Aaron todavía vive dentro de una industria donde la validación importa. Las vistas, los comentarios, los contratos y la relevancia cultural dependen en parte de la reacción ajena. Sería ingenuo afirmar que ya no le interesa la opinión pública, lo que parece haber cambiado es la proporción. “Para mí, la confianza llega cuando dejas de querer demostrarle algo a los demás y empiezas a hacer las cosas porque realmente te hacen feliz”.

Quizá el look de charro con capa y botas verdes no sea la respuesta definitiva sobre el estilo masculino en 2026. Ni tiene por qué serlo. Es únicamente una elección lo suficientemente visible para abrir una conversación que muchos hombres continúan evitando. ¿Nos vestimos para expresar quiénes somos o para controlar cómo nos perciben? La respuesta probablemente siempre contenga ambas cosas.

La diferencia está en saber cuál de las dos domina cuando te miras por última vez al espejo, dejas de ajustar la ropa y decides salir.

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