Tiffany & Co. presenta Eternity Baguette: relojes que convierten el engaste en una forma de medir el tiempo

Hay un tipo de silencio que solo aparece cuando apagas el celular y, por primera vez en el día, no te está pidiendo nada. No vibra, no sugiere, no te arrastra. El cuarto se queda con el sonido mínimo de la ciudad: un camión a lo lejos, el elevador del edificio, el roce de una chamarra sobre la silla. Y entonces pasa algo raro: vuelves a sentir el tiempo como materia.

Ahora imagina que ese regreso al “tiempo real” no viene de una app de bienestar, sino de un objeto que se comporta como luz. Un círculo que no busca gritar, pero tampoco se disculpa por brillar. Un reloj que, en lugar de prometer productividad, te obliga a mirar de cerca: cortes, aristas, reflejos, color. Eso es lo que provoca Eternity Baguette, el nuevo capítulo dentro de Eternity by Tiffany: un recordatorio incómodo (y delicioso) de que el lujo, cuando está bien hecho, no es volumen… es precisión.

Para muchos hombres jóvenes, hablar de relojería suena a club privado: reglas no escritas, referencias imposibles, precios que parecen chiste. Y sí, hay algo de eso. Pero también hay otra lectura: el reloj mecánico se ha vuelto un gesto contemporáneo porque va contra el flujo. No depende de recargas ni de actualizaciones. No compite por tu atención. Se gana tu mirada en silencio.

Ahí está el primer punto interesante: en 2026, traer un reloj importante ya no se trata solo de “estatus”, sino de criterio. De decir “yo decido qué entra a mi vida” en un mundo diseñado para colarse por todos lados. Y si un reloj va a pedirte ese nivel de mirada, más le vale ofrecer algo real: oficio, diseño con historia, y detalles que no se agoten en una foto. Eternity Baguette aparece con una idea sencilla y ambiciosa: unir el lenguaje joyero de la Casa con su herencia de Alta Relojería, sin caer en lo obvio. La caja redonda de 36 mm en oro blanco de 18 quilates, engastada con diamantes, funciona como escenario: lo importante es cómo la luz se mueve sobre ella, casi sin metal visible, como si todo fuera superficie luminosa.

El giro clave está en el bisel: por primera vez en la línea Eternity, se integra un bisel con gemas talla baguette, un guiño directo a ese clásico “eternity ring” donde la piedra no es adorno, es continuidad. Y aquí la continuidad es literal: el bisel se siente como una línea que no se corta, como si el tiempo se midiera a través de un borde de color y brillo. Dentro, otro dato que cambia el juego: se incorpora un movimiento suizo automático en un modelo Eternity no limitado, algo que no es menor en términos de posicionamiento y deseo para coleccionistas y nuevos entusiastas.

La versión Diamond apuesta por una lectura “clásica” con una vuelta de tuerca. El bisel se compone de 36 diamantes talla baguette que suman más de cinco quilates, conectados por un realce también engastado. La carátula entra en modo nieve: un snow setting de diamantes redondos que crea textura, profundidad, un brillo menos lineal y más atmosférico. El contraste llega donde menos lo esperas: en lugar de números o índices rígidos, las horas se marcan con aguamarinas en 12 cortes distintos. Ese detalle es casi un manifiesto silencioso: “sí, puedo ser diamante… pero también puedo ser color, frescura, respiración”.

La versión Blue Gradient se siente más nocturna, más ciudad. Carátula azul marino satinada, y un bisel que trabaja como degradado continuo con 36 gemas talla baguette engastadas de manera invisible: zafiros, topacios y esmeraldas que suman más de cinco quilates y construyen un azul que cambia según el ángulo.

Hay una razón por la que el engaste invisible se siente casi mágico: porque el soporte desaparece. En términos simples, las piedras se colocan de forma que desde arriba no veas “uñas” ni metal separándolas; se busca una superficie continua de gemas. El Gemological Institute of America lo describe como un montaje donde los diamantes (o piedras de corte cuadrado) quedan alineados borde con borde para dar esa ilusión de “alfombra” sin interrupciones.

Lo más potente aquí no es el brillo, ni el color, ni el número de quilates. Es la idea de que el tiempo puede ser algo más que productividad. Puede ser memoria, detalle, oficio. Y sí: también contradicción. Porque el lujo siempre trae preguntas pegadas.

La pregunta final no es si “vale la pena”. La pregunta es más personal: ¿qué tipo de tiempo quieres llevar encima? El que te grita, el que te distrae… o el que, con calma, te obliga a mirar mejor.

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