El domingo por la mañana tiene su propio soundtrack: la cafetera marcando el ritmo, un par de notificaciones que llegan tarde, y esa sensación rara de estar “descansando” mientras tu cabeza sigue en modo pendiente. Te sientas, desbloqueas la pantalla, y te prometes algo simple: reírte un rato, apagar el ruido. Lo curioso es que, cuando una comedia está bien dirigida, no te distrae de tu vida: te la regresa con mejor enfoque. Te pone un espejo, pero con luz amable. Y ahí es donde Enloqueciendo Contigo vuelve a meterse en la conversación con su segunda temporada, estrenada el 25 de enero en Disney+.
Detrás de ese humor que parece cotidiano y por eso pega hay una mano que sabe exactamente dónde cortar, dónde sostener el silencio, y cuándo dejar que la incomodidad haga su trabajo. Esa mano se llama Salvador Suárez Obregón. Hay comedias que viven del chiste. Y hay comedias que viven de la verdad: esa verdad pequeña, doméstica, medio vergonzosa, que no siempre confiesas en voz alta. Enloqueciendo Contigo juega en la segunda liga: la de las discusiones por cosas mínimas que en realidad son otra cosa; la de los “no es para tanto” que sí son para tanto; la de la pareja como equipo… hasta que deja de sentirse como equipo.
La segunda temporada expande ese universo sin perder su eje: el ritmo. No el ritmo de “todo rápido”, sino el ritmo emocional: cuándo un personaje se defiende, cuándo se quiebra, cuándo por fin entiende. Ese pulso, en streaming, es la diferencia entre “me la eché” y “me quedé pensando”. Y ese pulso se dirige. En un clip oficial de la plataforma ya se enmarca el regreso con la frase correcta: “el caos está a punto de comenzar”. Es una promesa ligera, sí, pero también precisa.
A Salvador no lo fabricó un camino recto. Lo formó el set: el trabajo que no se ve, los departamentos que sostienen la magia, la logística que te aterriza. Su arranque fue dentro de producción en proyectos de cine, aprendiendo cómo se articula todo desde la operación hasta lo creativo. Después vino una decisión que suena simple, pero no lo es: abrir su propia casa productora y dirigir comerciales muchos hasta pulir una identidad de director que no se pierde aunque cambie el formato. Se habla de más de 100 comerciales desarrollados y dirigidos en esa etapa.
Esa experiencia importa por una razón: en publicidad aprendes a contar en poco tiempo, a cuidar el encuadre como si cada plano costara el triple (porque suele costarlo), y a entender que el ritmo no es una estética: es una herramienta. El salto fuerte a ficción llegó con Supertitlán, adaptación mexicana de Superstore. Y no fue solo “dirigir capítulos”: Salvador también participó en el equipo creativo y en el cuarto de escritores, que es donde las series se vuelven consistentes o se rompen. Ese detalle es clave para entender por qué Enloqueciendo Contigo se siente escrita y dirigida desde la misma conversación: el chiste no se impone al personaje; nace de él. En comedia, eso es oro.

Y sí: también es una presión. Porque cuando te metes a sala, aprendes que el guion “perfecto” no existe; existe el guion que sobrevive el set, el presupuesto, el tiempo, y los actores. Salvador trae esa resistencia. La vida en pareja se volvió tema público. Antes se hablaba de amor como destino; ahora se habla de amor como trabajo, como negociación, como salud mental, como límites, como apego. Eso puede sonar clínico… hasta que lo vives. Enloqueciendo Contigo entiende algo que muchos evitamos: el conflicto no siempre es drama épico. A veces es un “¿por qué me contestaste así?” mientras uno está lavando platos y el otro está midiendo con exactitud cuánta energía le queda al día.
Salvador se movió también en ese terreno como Productor Creativo de The Humans y como coescritor junto con Alan Estrada del musical Siete Veces Adiós, una pieza que muchos recuerdan justo por su estructura emocional. En cine, Salvador dirigió Navidad en Vivo para HBO Max. También ha dirigido en Backdoor y, en paralelo, desarrolla su próximo largometraje original Los días que no planeamos, en preproducción.
Lo interesante no es la lista: es lo que revela. Salvador opera como un director que no le teme al cambio de formato. Y eso, hoy, es casi una obligación: el público brinca de serie a musical, de clip a película, de risa a catarsis, sin pedir permiso. Que Enloqueciendo Contigo conecte no es casualidad: hay una generación que quiere historias cercanas, con humor inteligente y acabado cinematográfico. Y hay plataformas que, por fin, están volteando a ver la comedia mexicana sin tratarla como “relleno”. La segunda temporada llega en un punto interesante: cuando la industria local ya no compite solo consigo misma, sino con el feed completo del mundo. En ese escenario, el director que gana no es el que grita más fuerte: es el que entiende mejor al espectador.
Regresamos a esa mañana de domingo: el café ya se enfrió un poco, el cuarto está en silencio, y tú sigues viendo “uno más”. Te ríes, sí, pero también te ves: en tu forma de discutir, de evitar, de pedir perdón tarde, de querer hacerlo mejor.

La segunda temporada de Enloqueciendo Contigo no solo regresa con más caos. Regresa con una señal: la comedia local puede ser contemporánea, emocionalmente inteligente y ambiciosa sin perder el piso. Y eso, para quienes estamos intentando entender cómo se ama hoy, vale más que el chiste perfecto.
