Un actor no podía presentarse y la función no se iba a cancelar. Facundo Castro tenía 19 años y acababa de decidir que la actuación sería su único plan. Le llamaron para reemplazarlo de un día para otro en una comedia completa. Él lo describe como “aventarse un torazo”. Dijo que sí sin pensarlo, se aprendió la obra en un día y subió al escenario con la adrenalina encima. “Ahí confirmé que esto era lo que quería hacer toda la vida”, cuenta en entrevista con NEOMEN. Casi una década después, la prisa volvió. Esta vez el reto no era memorizar, sino quitarse la armadura que había construido en el camino.
Facundo Castro es un actor argentino nacido en Santiago del Estero y criado en Buenos Aires. Hoy interpreta a Amador Irigoyen en Sabor a ti, la telenovela producida por Lucero Suárez, con Eva Cedeño y Mario Morán como protagonistas, que se transmite de lunes a viernes a las 20:30 horas por Las Estrellas. La serie se basa en la teleserie chilena homónima del año 2000 y consta de 90 capítulos. En esta conversación, Facundo explica cómo un personaje sensible y poeta lo devolvió a la escritura que había abandonado y cuánto le costó aprender a mostrarse frágil.
Su familia ya vivía en Buenos Aires cuando él nació, pero lo fueron a tener a Santiago del Estero por tradición. Pasaba dos meses de cada verano con su abuela, en el barrio, jugando en la calle con sus amigos hasta las dos de la mañana. “Fue una infancia muy libre y muy divertida”, dice. Es lo que más rescata de sus raíces santiagueñas.
Antes del teatro vino el deporte: dos años de waterpolo y ocho de rugby en el club Geba, el deporte de su familia. A los 8 años empezó a actuar inspirado por High School Musical. Un tío que era modelo lo metió a hacer comerciales. A los 16, su mamá insistió tres meses seguidos hasta que aceptó entrar a Andamio 90, la escuela y el teatro experimental fundados por la actriz y directora Alejandra Boero. En esa primera temporada interpretó dos personajes en Un sombrero de paja de Italia. Su profesora le dijo que había algo en él que disfrutaba eso “demasiado”.

Probó kinesiología, que no le gustó, y dirección de cine, que sí disfrutó. Pero a los seis meses supo que quería estar del otro lado de la cámara. A los 19 tomó la decisión: “Este era mi plan A y no había plan B ni plan C”. Para sostenerla, fue mesero, bartender y modelo, e incluso abrió una estética masculina en Buenos Aires. De sus papás, que fueron padres jóvenes, aprendió que el esfuerzo no se negocia. Hoy dice que la palabra fracaso no está en su vocabulario: “Del error, de lo que no sale, uno aprende”.
A finales de 2023 vendió su coche, compró un boleto de avión y se mudó a México. Pasó alrededor de un año estudiando actuación y puliendo su acento mexicano hasta entrar al CEA. Llegó prácticamente solo, porque el único amigo que tenía aquí se fue a grabar una novela justo esos días. “Yo pensaba que Buenos Aires era una ciudad”, dice entre risas, todavía sorprendido por la velocidad y el tamaño de la capital mexicana. Lo más difícil fue encontrar a las personas indicadas. Las encontró, y hoy las llama su familia aquí.
En el Centro de Educación Artística de Televisa su jornada iba de ocho de la mañana a ocho de la noche. A eso se sumaban obras de teatro, trabajo de acento, lecturas y películas. En medio de todo eso dejó de lado la poesía, que había sido su refugio. Amador llegó por una vía inesperada. Facundo había audicionado para otro personaje, y el papel quedó libre por un tema contractual apenas diez días antes de arrancar grabaciones. Antes de eso, su primera gran oportunidad en México fue Un paso hacia ti, proyecto para el que aprendió tiro con arco y coreografías de K-pop.
En las primeras lecturas, Facundo se reconoció en el personaje. “Vi a alguien que habla con el corazón. Es una persona muy sincera, que con una mirada te dice todo”. Ese fue el punto que trabajó con su coach de diálogos. En la historia, Amador crece en una familia unida y disciplinada: su padre, interpretado por Rodrigo Vidal, es exmilitar. El personaje lo regresó a la escritura. “Con él volví a escribir, volví a la prosa y a la poesía, y recuperé una creatividad que había perdido”. Lo describe como un proceso de liberación y lo explica así: “La vida nos va poniendo capas y nos endurece. En esta carrera tenemos que ser vulnerables, pero también fuertes, y yo me endurecí”.

Mostrarse frágil le costó un proceso largo. Viene de un deporte de contacto donde la vulnerabilidad no se estila y de una familia tradicional del norte argentino, criada con esos códigos. “Yo siempre me consideré una persona muy sensible, y creo que eso es lo que me hace distinto. Pero con el tiempo lo fui escondiendo”. Lo que lo destrabó fue una frase de una profesora de teatro: las personas cursis son las valientes, porque se animan a demostrar lo que sienten. Facundo la adoptó sin reservas. “Soy romántico lo justo y necesario”, dice, y no le importa que lo llamen cursi.
La otra pieza fue la confianza. Estudió la técnica de Ivana Chubbuck con el profesor Ernesto Domínguez, a quien considera su mentor, y asegura que eso desbloqueó algo que no sabía que tenía. Su cálculo es contundente: entre el 90 y el 95 % de la actuación depende de la confianza en uno mismo. Para cualquier hombre que creció en vestidores donde llorar era impensable, la idea resulta útil más allá de la actuación. La sensibilidad también se entrena. Hay una parte suya que hasta ahora solo aparece en el teatro. “Soy una persona muy física”, explica. En el escenario entrega un lado corporal, casi animal, que sus personajes de televisión no le han pedido.
¿Qué historia le daría miedo? Una como las que admira: Good Will Hunting, Birdman, Whiplash o The Bear. Le daría miedo precisamente porque sería una oportunidad que no podría desaprovechar. También un personaje muy distinto a él, “por el miedo a hacerlo bien”. Fuera del set, volvió al boxeo además del gimnasio. Está leyendo a Mario Benedetti y el libro de Michael Caine sobre actuación para cine, y relee Hábitos atómicos. Sus domingos tienen un ritual fijo: empanadas hechas por él, rock argentino o una chacarera. Las mañanas empiezan con agua fría, porque le cuesta sentarse a meditar y en la ducha solo puede concentrarse en respirar.
A los 19 años, Facundo demostró que podía aprenderse una obra en un día. La prueba más difícil vino después: desaprender la dureza que la carrera y la ciudad le fueron pidiendo. Amador no inventó esa sensibilidad. La encontró guardada.

Cuando le preguntan qué conserva del niño que jugaba en las calles de Santiago hasta la madrugada, responde sin dudar: todo. Lo único que cambió es que aprendió a poner límites y a decir que no. Entre ese niño, el jugador de rugby y el actor que escribe poemas, parece que ya no tiene que elegir.
Créditos
Talento: @facu.castro
PR: @chemacts @idalyapress
Fotos: @joseindart
Stylist: @alexx.arrazola @rocco_marvin
Grooming: @pamelanoriegabeauty