NEOMEN Exclusive: Alan Márquez, el modelo mexicano que aprendió a habitar la cámara

Antes de hablar de Milán, París o de cualquier palabra que suene a carrera internacional, habría que empezar por algo menos glamuroso: el trabajo de sostenerse. Levantarse para un casting sin saber si habrá respuesta. Aprender a no tomar cada “no” como una sentencia. Cuidar el cuerpo sin volverlo una cárcel. Entender que una buena foto no siempre cuenta lo que costó llegar a ella.

Alan Márquez no habla del modelaje como fantasía. Lo habla como oficio. Con emoción, sí, pero también con una claridad poco común en una industria que muchas veces prefiere vender el resultado antes que explicar el proceso. Viene de Los Altos de Jalisco, estudió Derecho, trabajó desde otros códigos de disciplina y entró al modelaje a los 25 años, una edad que para ciertos estándares de la moda puede sentirse tarde, aunque para él terminó siendo el momento exacto.

No hay una necesidad de convertir su historia en mito. Lo interesante es justo lo contrario: Alan parece consciente de que su carrera no se construye solo desde una buena imagen, sino desde una serie de decisiones pequeñas, insistentes y profundamente humanas. Alan dejó Derecho para comprometerse con el modelaje. No lo hizo como quien abandona una vida para probar suerte en otra, sino como alguien que entiende que no puede hacer algo a medias. “Si no lo voy a hacer bien, mejor no lo hago”, dice.

De la abogacía conserva una forma de pensar que hoy le sirve más de lo que podría parecer: revisar contratos, leer cláusulas, entender qué firma y, cuando es posible, negociar. En una industria donde la emoción de una oportunidad puede hacer que muchos talentos pasen por alto los detalles, esa estructura se vuelve una herramienta de supervivencia. También hay algo simbólico en esa transición. En Derecho, Alan habría representado a otras personas. En el modelaje, aprende a representarse a sí mismo: su imagen, su tiempo, su cuerpo, su nombre, su manera de moverse por una industria que puede ser tan brillante como exigente.

Alan forma parte del roster masculino principal de Queta Rojas Group, una agencia con más de 30 años en la industria. Lo dice con responsabilidad, no con solemnidad. Para él, ese respaldo implica responder a una confianza, pero también entender que su camino puede servirle a alguien más.

“Vengo de un pueblo, de trabajar en el rancho, de nunca pensar que podría ser modelo”, cuenta. No porque no quisiera, sino porque no lo veía como una posibilidad real. Esa frase pesa más que cualquier dato de altura o placement internacional, porque habla de algo que atraviesa a muchos talentos fuera de los centros obvios: crecer sin referencias cercanas.

Ahora, cuando otros modelos o chicos más jóvenes se ven reflejados en él, Alan entiende que su presencia tiene otra capa. No se trata de posar como ejemplo perfecto, sino de mostrar que también se puede entrar desde lugares que antes parecían lejanos. Desde un pueblo, desde otra carrera, desde dudas, desde una relación complicada con el propio cuerpo. Es directo cuando habla de la diferencia entre alguien que posa y alguien que tiene presencia. Para él, posar sin entender la seriedad del oficio es quedarse en la superficie.

La presencia, en su caso, no parece venir del exceso de seguridad. Viene de observar, de escuchar, de entender el cuerpo y de trabajar también la mente. Alan se define como introvertido, algo que ha trabajado en terapia y en la vida diaria. Esa introversión no lo disminuye frente a la cámara; al contrario, le da una energía más contenida, menos obvia, más interesante.

Durante años, Alan no leyó sus rasgos como ventaja. Lo que hoy puede hacerlo destacar, sus orejas, su boca, sus cejas, su delgadez, antes le parecía motivo de conflicto. En su casa escuchaba que el físico no era lo importante, que había valores más profundos. Esa formación le dio piso, pero también hizo que tardara más en imaginar su imagen como una posibilidad profesional.

El cambio llegó cuando empezó a entender su cuerpo como lenguaje. No solo como una herramienta para trabajar, sino como una forma de transmitir algo. La moda masculina, cuando se toma en serio, vive precisamente de eso: cuerpos que no solo entran en una talla, sino que cuentan algo por la manera en que habitan la ropa, la luz y el silencio.

Ha aprendido de Luis de la Luz, fotógrafo al que admira y a quien ha asistido en distintos trabajos. Esa cercanía con la fotografía le permitió entender algo que no todos los modelos detectan al principio: la cámara no solo captura, también interpreta. Y cuando entiendes cómo mira el ojo del otro lado, tu cuerpo responde de otra manera.

Venir de Los Altos de Jalisco también significa venir de un territorio con códigos masculinos específicos. Alan no lo niega, pero tampoco lo presenta como una jaula. En su familia, dice, nunca lo limitaron. De niño veía America’s Next Top Model, jugaba con su pelo, probaba formas de vestirse y se permitía explorar su imagen dentro de sus posibilidades.

Hoy, cuando regresa a su pueblo, percibe algo distinto. Hay chicos que le hacen saber que su camino les abre una ventana. Y no está solo. Menciona a otros modelos mexicanos y alteños que también están empujando la conversación, como Alfredo Díaz o Sagrado. Esa representación importa porque amplía el mapa de lo posible para hombres que crecieron sin imaginarse dentro de la moda. El 27 de abril, Queta Rojas Group anunció su international placement con representación en París, Milán, Barcelona, Copenhague y Estocolmo. Fue una estrategia trabajada durante cerca de un año con su agencia madre. No un salto improvisado, sino una temporada pensada con más experiencia, más acompañamiento y más claridad que sus primeras etapas fuera del país.

Alan Márquez está en un punto interesante: ya no es alguien que intenta descubrir si pertenece a esta industria, pero tampoco actúa como si todo estuviera resuelto. Su carrera se siente en construcción, y ahí está su fuerza. No en la idea de haber llegado, sino en la forma en que sigue caminando.

Porque al final, la presencia real no es solo saber qué hacer frente a la cámara. Es sostener quién eres cuando la cámara se apaga.

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