El vino bajó del pedestal: así cambia la forma de brindar en México

Durante décadas, abrir una botella de vino en muchas casas mexicanas requería una razón: un aniversario, una cena formal, Navidad o la visita de alguien suficientemente importante. La botella permanecía guardada hasta que la mesa parecía estar a su altura. Ahora puede aparecer junto a una pizza, una playlist compartida y un domingo que se prolongó sin autorización. El cambio no consiste necesariamente en beber más o hacerlo sin cuidado. Ocurre al retirar parte de la ceremonia que volvió al vino intimidante para quienes no dominan términos, regiones, cosechas ni reglas de servicio.

Riunite quiere ocupar ese espacio con un Lambrusco frizzante, de perfil dulce y 8% de alcohol. Su campaña presentada en México el 27 de julio de 2026 reúne a Isabel Lascurain, Wattsopa y Andy Badillo como representantes de distintas generaciones. El punto interesante no está en decidir quién brinda mejor, sino en entender por qué el vino cotidiano dejó de parecer una contradicción. En términos concretos, la propuesta de Riunite utiliza una misma botella para hablar de tres relaciones con el vino: la tradición familiar, los planes casuales incorporados por los millennials y el consumo más flexible atribuido a los adultos jóvenes. La campaña conecta con una transformación real, aunque bastante menos sencilla que dividir a los consumidores por año de nacimiento.

Durante los últimos años se extendió una idea cómoda para titulares y presentaciones de marketing: la Generación Z estaba abandonando el alcohol. Los datos más recientes presentan un escenario diferente. IWSR encontró que, entre consumidores con edad legal para beber de 15 mercados relevantes, la participación de la Generación Z en el alcohol subió de 66% en abril de 2023 a 73% en marzo de 2025. Al mismo tiempo, 75% de los consumidores Gen Z que compraban productos sin alcohol o de baja graduación declararon haber moderado su consumo durante los seis meses anteriores.

Las dos cifras no se contradicen. Una persona puede beber y, aun así, pasar semanas sin hacerlo, reservarlo para el fin de semana, reducir la cantidad o elegir una bebida con menor porcentaje de alcohol. IWSR describe a los jóvenes como moderadores más “situacionales”: ajustan su consumo según el plan, el entrenamiento, el presupuesto o el periodo del año. Los adultos mayores tienden con mayor frecuencia a limitarlo de manera constante o a abstenerse por completo. Estos datos no corresponden exclusivamente a México, por lo que no deben presentarse como un retrato exacto del país. Sí ayudan a cuestionar el supuesto de que el consumidor joven rechaza cualquier bebida alcohólica. Su relación parece menos automática, más selectiva y mucho más dependiente del contexto.

Riunite Lambrusco tiene 8% de alcohol por volumen y es descrito por la marca como un vino ligeramente espumoso, frutal, floral y semidulce. Esa combinación lo coloca lejos de la imagen severa de ciertos tintos que parecen requerir decantador, vocabulario técnico y un platillo específico para justificar su existencia.

La accesibilidad de su sabor no significa que el Lambrusco sea una creación reciente. Su historia está vinculada con Emilia, en el norte de Italia, donde distintas variedades de la familia Lambrusco han sido cultivadas durante siglos. El Consorzio Tutela Lambrusco documenta referencias antiguas a la Labrusca vitis, avances en la producción de vinos espumosos durante los siglos XVIII y XIX y la aprobación, en 1970, de denominaciones como Lambrusco di Sorbara, Salamino di Santa Croce y Grasparossa di Castelvetro.

Cantine Riunite comenzó en 1950 mediante la unión de nueve bodegas cooperativas de Reggio Emilia. En 2008 se integró con el Consorzio Interprovinciale Vini para formar Cantine Riunite & CIV, organización a la que pertenece la marca Riunite. Esa combinación explica parte de su utilidad actual: tiene suficiente historia para no parecer una bebida diseñada únicamente para una tendencia y suficiente ligereza para no exigir el ritual asociado con un vino de guarda.

El informe del mercado vitivinícola mexicano elaborado por Vinetur estima que el consumo per cápita se encuentra entre 950 mililitros y 1.3 litros anuales. La propia publicación advierte que varias de sus cifras son aproximaciones construidas con fuentes distintas, por lo que conviene leerlas como orientación del mercado y no como un censo definitivo. Dentro de esas estimaciones, el vino tinto conserva el liderazgo con entre 59% y 71% del consumo. Los blancos representarían entre 11% y 14%; los espumosos, entre 9% y 12%; y los rosados, entre 9% y 15%. El reporte identifica señales de crecimiento en espumosos, rosados y vinos jóvenes. La parte relevante no es únicamente cuánto vino se consume, sino cuántas situaciones empiezan a admitirlo. El brunch, la comida preparada en casa, una sobremesa informal o una reunión pequeña son más frecuentes que una cena de gala. Para crecer dentro de un mercado de consumo todavía limitado, el vino necesita funcionar también en esos espacios ordinarios.

En la campaña de Riunite, Isabel Lascurain representa los rituales familiares y la continuidad; Wattsopa, la incorporación del vino a planes cotidianos; y Andy Badillo, una forma más ligera y espontánea de consumirlo. La selección funciona porque las tres personalidades ocupan lugares reconocibles dentro de la cultura popular y digital mexicana. Isabel Lascurain mantiene una trayectoria de cuatro décadas con Pandora; Wattsopa, cuyo nombre es Oscar Martén, crea contenido digital desde 2010; y Andy Badillo se presenta como creadora de contenido y fundadora de AB&Co.

Riunite recomienda servir su Lambrusco frío. Su perfil semidulce, frutal y ligeramente espumoso puede funcionar para quien prefiere sabores accesibles, cierta frescura y una burbuja suave. Probablemente tendrá menos sentido para quien busca un vino seco, con taninos marcados, madera o mayor estructura. En una mesa casual, su dulzor puede convivir con pizza, botanas saladas, quesos suaves o platos con un componente picante. No hace falta convertir cada combinación en una prueba de sommelier: basta con identificar si la comida necesita frescura, contraste o una bebida que no domine.

El verdadero puente generacional quizá no consiste en beber lo mismo ni hacerlo con la misma frecuencia. Consiste en compartir una mesa sin exigir que todos conozcan, celebren o se relacionen con el vino bajo las mismas reglas.

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