En punto de colisión: Juan Pablo Castañeda antes de cambiar de lado de la cámara

Con Colisión, Juan Pablo Castañeda entra en uno de los personajes más deliberadamente oscuros de su carrera. Pero frente a nuestra cámara, la historia interesante está también fuera de la ficción: un actor que nunca quiso pertenecer a una sola categoría y que ahora comienza a imaginarse del otro lado del lente. A Juan Pablo Castañeda no parece preocuparle demasiado que su carrera sea difícil de resumir y quizá sea mejor así.

En casi dos décadas ha pasado del cine independiente a producciones internacionales, de la comedia al terror, del teatro al streaming y de actuar a producir. No hay una progresión perfectamente diseñada ni una obsesión evidente por repetir aquello que ya funcionó. Tampoco parece existir esa ansiedad contemporánea por convertir cada decisión profesional en parte de una gran estrategia personal. En septiembre de 2026, esa trayectoria lo coloca en Colisión, la producción de HBO Max en la que interpreta a Juan Blanco: impecable, ambicioso, peligroso y construido sin demasiado miedo a entrar en los códigos más deliciosamente exagerados del melodrama.

Pero durante nuestra conversación, Juan Blanco termina siendo apenas una de las distintas versiones de Juan Pablo que aparecen sobre la mesa. Está el actor, el hombre que produce teatro y cine, el intérprete formado entre México, Buenos Aires, Nueva York y Reino Unido, el que cuestiona una industria que todavía decide demasiado rápido dónde colocar a cada actor y ahora también aparece otra figura: la del futuro director que ya trabaja para levantar su primera película.

Cuando le preguntamos qué conecta todas esas etapas, Juan Pablo ni siquiera intenta fabricar retrospectivamente una respuesta perfecta. “¿Hilo conductor? No. Definitivamente no.” y ahí comienza realmente esta historia.

En una industria que suele premiar la identificación inmediata el galán, el antagonista, el comediante, el actor de cine, el actor de televisión, construir una carrera difícil de etiquetar puede parecer un pequeño acto de resistencia. Juan Pablo lo entiende de una manera bastante menos solemne: simplemente nunca sintió demasiada necesidad de escoger. “Yo creo que también he sido muy libre de explorar otras cosas y no necesariamente etiquetarme o decir: tengo que llevar una carrera de tal lado”, explica. “Nunca he sentido mucha presión.”

Su primer largometraje fue Drama/Mex, de Gerardo Naranjo. Después aparecieron proyectos como Club de Cuervos, Sense8, The Romanoffs, El Recluso, Dime cuando tú y El exorcismo de Carmen Farías. En paralelo, su relación con el teatro y la producción fue ocupando cada vez más espacio. Su formación tampoco ocurrió en un solo lugar. Estudió en HB Studio, en Nueva York; pasó por MetFilm School, en Reino Unido; y reconoce particularmente la influencia del argentino Rafael Garzaniti, alumno de Raúl Serrano, dentro de su manera de entender la actuación. Pero incluso después de todas esas escuelas, maestros y metodologías, su conclusión es bastante sencilla. “Siempre aprendes más trabajando.” No es falsa modestia, más bien parece describir su relación con el oficio: acumular herramientas sin convertirlas en una religión.

Colisión parte de una familia donde afecto, dinero y poder dejaron de ser asuntos fáciles de separar.

La historia coloca a Zoé Robles, interpretada por Macarena Achaga, frente a su madre Belén, Margarita Rosa de Francisco, después de la muerte del patriarca familiar. En medio de esa batalla aparece Juan Blanco, pareja de Belén y una de las piezas menos confiables del tablero. La serie conserva varios placeres reconocibles de la telenovela: ambición, secretos, traiciones, romances, grandes antagonismos, pero los mueve hacia una producción concebida para el streaming, con elementos de thriller y misterio.

Juan Pablo no intenta intelectualizar demasiado lo que le gustó de Juan, el personaje estaba construido para ir hacia un extremo. Y eso resultaba divertido. “Estaban muy claros los arquetipos de las novelas, muy definidos los personajes. Estos son villanos, y es como full-on villano”, cuenta. “Toda la caracterización muy señorial y muy villano… pero muy divertido.”

Después de años en los que cierta televisión parecía obsesionada con demostrar que sus antagonistas eran demasiado complejos para ser llamados villanos, Juan Blanco puede permitirse cierto placer clásico: entrar a una habitación sabiendo perfectamente cuál es su función dramática. Aunque Castañeda pone una condición antes de que decidamos odiarlo. “No lo juzguen demasiado rápido.” ¿Por qué? “Para que le dejen un poquito de crédito a la duda. Que vayan viendo todos los episodios abiertos a lo que va a pasar.” Hace una pequeña pausa antes de añadir la advertencia verdaderamente importante: “Pero sí también cuídense de él.”

Hablar de personajes conduce inevitablemente a hablar de quién tiene permitido interpretarlos. Juan Pablo ya había señalado anteriormente algo incómodo sobre la industria: la facilidad con la que un actor puede quedar encerrado en determinado tipo físico, socioeconómico o narrativo. Estereotipos, colorismo y castings forman parte de esa discusión, pero para él el problema empieza todavía antes. “Creo que hay pendientes. Sigue habiendo, no solo de casting, sino en términos de la industria, del espectro de la industria en general.”

Hay actores que hablan de sus personajes como presencias difíciles de abandonar. Juan Pablo no pertenece demasiado a esa escuela. Cuando termina de trabajar, termina de trabajar. “Ver a mis amigos, estar con mi pareja, descansar”, responde al preguntarle cómo regresa a sí mismo después de interpretar a alguien particularmente intenso.

Luego lo deja todavía más claro: “Yo no me lo llevo nada a la casa. Todo lo dejo ahí, todo lo dejo en el set.” Es una respuesta casi demasiado sencilla para un oficio que suele romantizar la idea del artista consumido por aquello que interpreta y precisamente por eso resulta refrescante. Puede construir a un hombre como Juan Blanco, convivir durante meses con sus impulsos más cuestionables y después desprenderse de él cuando termina la jornada. No necesita confundirse con el personaje para hacerlo funcionar.

Durante buena parte de nuestra conversación hablamos de las distintas versiones de Juan Pablo Castañeda que ya conocemos. La pregunta final era inevitable: ¿cuál falta? Esta vez no tarda demasiado en responder. “La más interesante es la que se viene del otro lado de la cámara. O sea, ya como director.” Castañeda está desarrollando su ópera prima. Por ahora, ahí terminan los detalles que puede compartir. No hay necesidad de llenar los espacios con especulación. Lo importante es el cambio de perspectiva.

Porque dirigir no aparece como una reinvención repentina dentro de su carrera. Desde hace tiempo produce teatro y cine, y su interés por entender qué ocurre alrededor del actor nunca estuvo limitado únicamente a aquello que sucede frente al lente. Quizá por eso su respuesta inicial sobre la ausencia de un hilo conductor resulta más interesante después de pasar un rato con él. Probablemente tiene razón: no existe una línea recta pero sí existe una curiosidad bastante consistente. Una que lo llevó del cine independiente al teatro, de México a otras escuelas, de un género a otro, de interpretar a hombres vulnerables a convertirse ahora en uno de los personajes más peligrosos de Colisión.

Y pronto, si todo avanza como planea, de estar frente a una cámara a decidir qué debe ocurrir detrás de ella. Por ahora, Juan Pablo Castañeda sigue siendo Juan Blanco en HBO Max. Traje impecable, malas intenciones por confirmar y el tipo de personaje del que conviene desconfiar incluso cuando su propio actor pide que todavía no lo juzguemos.

En punto de colisión: Juan Pablo Castañeda antes de cambiar de lado de la cámara

  • Fotografía: Daniel Ornelas
  • Grooming: Alondra León
  • Stylist: Jero O’Reilly

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