Guillermo Herrera, después del old money: el estilo como criterio propio

Un pañuelo correctamente colocado en el bolsillo de un saco aparece en uno de los videos más antiguos que todavía se encuentran indexados de Guillermo Herrera. Era 2024 y la idea parecía bastante sencilla: enseñar a un hombre cómo cuidar uno de esos pequeños detalles que distinguen un traje bien llevado. Tiempo después llegarían las combinaciones de verano, los tonos neutros, los blazers, las camisas y esa estética que internet aprendió a resumir bajo dos palabras: old money. La ropa estaba en el centro, las reglas también.

Dos años después, Herrera sigue hablando de estilo masculino. Lo que ha cambiado es lo que parece estar buscando dentro de él. En una entrevista publicada en 2026 lo resumió así: “Vestirme se volvió una forma de entender quién soy antes de explicarlo.”

Entre ambos momentos existe una evolución que merece observarse con mayor atención que cualquiera de sus outfits. Porque esta historia ya no trata únicamente de aprender a vestir elegante. Trata de lo que ocurre cuando un hombre utiliza la ropa para construir una versión de sí mismo y, eventualmente, descubre que esa versión también tiene derecho a cambiar.

La estética con la que Guillermo comenzó a ser identificado resultaba especialmente reconocible para cualquiera que haya pasado demasiado tiempo en TikTok o Pinterest durante los últimos años: pantalones de vestir, tejidos de punto, camisas, polos, sacos, una paleta dominada por neutros y una admiración evidente por los códigos clásicos del guardarropa masculino.

El fenómeno era mucho mayor que él. Ya en 2022, NEOMEN documentaba cómo la llamada Old Money Aesthetic encontraba entre la Gen Z una audiencia fascinada por prendas asociadas con el universo preppy, la sastrería y una idea visual de riqueza heredada. En 2025, GQ examinó la misma obsesión generacional: blazers azul marino, camisas Oxford, suéteres de punto y referencias visuales a un mundo privilegiado convertido en estética reproducible desde una pantalla.

Ahí estaba también una de las contradicciones del fenómeno: puedes imitar los códigos visuales de una clase social sin pertenecer a ella. De hecho, internet hizo posible convertir un imaginario históricamente relacionado con la exclusividad en una serie de fórmulas accesibles: colores, proporciones, referencias, combinaciones. Herrera aprendió ese vocabulario y construyó parte de su presencia digital alrededor de él, pero una estética puede ayudarte a empezar a vestirte sin necesariamente decirte quién eres.

En noviembre de 2025, una fotografía de Guillermo utilizando transporte público desencadenó burlas y cuestionamientos en redes. Parte de las críticas sostenía que su vida cotidiana no correspondía con la imagen de elegancia que mostraba online. La cobertura posterior documentó el caso como una discusión sobre clasismo y las expectativas económicas asociadas con determinado tipo de moda. Conviene precisar algo: viajar en transporte público no demuestra la situación económica de una persona y tampoco existen datos fiables que permitan convertir la condición socioeconómica de Herrera en un hecho editorial. Lo interesante está en otro lugar: ¿por qué se esperaba que su forma de transportarse estuviera a la altura de su saco?

La pregunta expone hasta qué punto seguimos confundiendo estilo con estatus. Y también explica por qué aquel episodio terminó siendo relevante para su evolución pública. Herrera respondió reconociendo que había cometido errores y que en algún momento pudo haber intentado proyectar algo que no era. Después dejó una frase bastante más significativa que cualquier explicación sobre marcas o prendas: “la verdadera elegancia está en la autenticidad, no en las apariencias.”

No hay necesidad de romantizar aquel episodio. El acoso digital sigue siendo acoso, pero sí existe una diferencia entre el creador que entró a esa discusión y el que salió de ella: después de que desconocidos intentaran decidir si su vida era suficientemente elegante, la pregunta sobre qué quería proyectar dejó de ser puramente estética. Su evolución no consiste en abandonar el traje, romper todos los códigos del menswear o construir una imagen radicalmente andrógina. De hecho, visualmente continúa moviéndose dentro de referencias tradicionalmente masculinas y precisamente por eso funciona como caso de estudio.

Durante décadas, preocuparse demasiado por la ropa, la piel, la imagen o la belleza podía colocar a un hombre bajo sospecha dentro de ciertas concepciones rígidas de masculinidad. Hoy, una generación de creadores ha convertido esos intereses en contenido cotidiano: hablan de proporciones, cabello, perfumes, entrenamiento, salud emocional, relaciones y estilo sin sentir necesariamente que cada tema debe justificar su masculinidad.

La investigación académica comienza a registrar parte de ese movimiento. Un estudio de 2025 con 310 hombres Gen Z en Estados Unidos encontró mejores actitudes hacia prendas presentadas con etiquetas inclusivas o sin género que hacia algunas categorizaciones tradicionales. No es un estudio mexicano y no debería extrapolarse automáticamente a Latinoamérica, pero sí documenta que la relación entre hombres jóvenes, ropa y género está adquiriendo mayor elasticidad; Guillermo ocupa otro punto de ese mismo mapa.

Su propuesta no consiste en borrar lo masculino, sino en permitir que lo masculino incluya más cosas: sensibilidad estética, cuidado personal, inseguridad, aprendizaje, equivocación y deseo de verse bien. El cambio parece pequeño hasta recordar cuántos hombres crecieron aprendiendo exactamente lo contrario.

Quizá el paso más relevante en la evolución de Herrera sea abandonar poco a poco la idea de que el estilo tiene una respuesta final. Explica que su manera de vestir ha sido “un proceso constante de ajuste” y que intenta filtrar referencias en lugar de simplemente reproducirlas. También habló de experimentar con intención y de proteger el criterio propio conforme aumenta la exposición pública; eso distingue el término “estilo” de “tendencia”. Una tendencia te entrega una imagen terminada; el estilo exige editarla.

Puedes empezar queriendo parecerte a un personaje, a un creador, a una campaña de Ralph Lauren o a una fotografía guardada en Pinterest. Después viene la parte difícil: descubrir qué de todo eso realmente pertenece a tu vida. Es un proceso especialmente reconocible durante los veinte: compras algo porque representa al hombre que imaginas ser, te lo pones suficientes veces y eventualmente descubres si esa versión era realmente tuya.

Herrera no necesita convertirse en portavoz oficial de una generación para que su recorrido diga algo sobre ella; su historia es útil precisamente porque todavía está en proceso.

Comenzó explicando detalles concretos del guardarropa masculino. Encontró una estética aspiracional fácilmente reconocible, experimentó la parte incómoda de construir una imagen pública y descubrir que internet puede utilizar esa misma imagen para cuestionarte y ahora habla con mayor frecuencia de vestirse como un ejercicio de autoconocimiento. La sastrería sigue ahí, los códigos clásicos también; lo que cambia es su función.

Un traje puede utilizarse para simular estatus, pero también para experimentar con seguridad. Una camisa puede obedecer una regla de etiqueta o convertirse simplemente en algo que disfrutas llevar. Interesarte por tu apariencia puede nacer de la inseguridad o terminar ayudándote a entenderte mejor. Algunos hombres encontrarán libertad rompiendo por completo los códigos tradicionales. Otros la encontrarán usando exactamente las mismas prendas que sus padres y abuelos, pero sin cargar con las mismas expectativas sobre cómo deben comportarse dentro de ellas.

Guillermo parece pertenecer a ese segundo grupo, y quizá su evolución estética tenga menos que ver con haber aprendido finalmente a vestirse y mucho más con haber entendido para quién quiere hacerlo.

Fotógrafo: Justin Daniel Méndez Castro

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