Antes de que aparezca la primera ofrenda en la oficina o el primer puesto de cempasúchil en el mercado, octubre en la Ciudad de México se anuncia por el olfato. Basta pasar frente a una panadería a media tarde para reconocerlo: es un dulzor floral, ligeramente cítrico, que pertenece a una sola época del año. Se trata del azahar, la esencia de la flor del naranjo, y es la razón por la que el pan de muerto huele a pan de muerto.
Churrería El Moro decidió construir su edición de Día de Muertos 2026 alrededor de ese olor. La apuesta es sencilla y bastante astuta: si la memoria de la temporada entra por la nariz, el producto también puede hacerlo.
Desde el 5 de octubre de 2026, las sucursales de El Moro en la Ciudad de México ofrecen una edición especial. Según el comunicado de la marca, incluye churros negros con esencia de azahar, además del Consuelito y malteadas con sabor pan de muerto. El Consuelito es su sándwich de churro con helado. La premisa, de acuerdo con El Moro, es que la memoria también vive en los sentidos.
El pan de muerto que se come en buena parte del centro del país lleva harina de trigo, mantequilla, huevo, azúcar y, casi siempre, esencia o agua de azahar con ralladura de naranja. Esa combinación tiene historia. Cuando el trigo, la manteca y las esencias florales europeas se encontraron en la repostería de los conventos novohispanos, el agua de azahar terminó convirtiéndose en la firma aromática de los panes ceremoniales y de temporada. La marca no inventó un sabor: tomó el aroma con más carga emocional del calendario y lo trasladó a su producto más reconocible. El churro conserva la forma de siempre. Lo que cambia es lo que pasa antes del primer bocado.

Hay una explicación neurológica para esa especie de déjà vu frente a una panadería. La información visual, auditiva o táctil pasa por el tálamo antes de llegar a la corteza. La olfativa, en cambio, se conecta de forma directa con la amígdala y el hipocampo, dos estructuras ligadas a las emociones y a la memoria, según un análisis publicado en La Tercera. Por eso un aroma puede devolvernos una escena completa (una cocina, una sobremesa, una persona) antes de que alcancemos a nombrarlo.
En temporada de muertos, esa conexión pesa más. La ofrenda es, en el fondo, un ejercicio sensorial: copal, cempasúchil, la comida favorita de quien ya no está. El azahar forma parte de ese repertorio. Que una churrería lo use como argumento de venta es marketing emocional, sin duda. También es una forma bastante honesta de reconocer que la tradición se transmite por la nariz tanto como por las historias familiares.
Un producto que vuelve cada octubre deja de ser novedad y empieza a funcionar como ritual, del mismo tipo que esperar el primer pan de muerto del año. Lo distinto en 2026 está alrededor: el helado sabor pan de muerto en el Consuelito y en las malteadas convierte la temporada en un menú completo y no en un solo antojo.


La historia oficial de El Moro empieza con un migrante. Francisco Iriarte llegó en 1933 desde Elizondo, en el Valle de Baztán, España, notó que en la capital nadie vendía churros y puso un carrito en el Zócalo. Bautizó el negocio en honor a un churrero de su pueblo. En 1935 abrió el local del número 42 de la entonces avenida San Juan de Letrán, hoy Eje Central. Tras su muerte en 1940, sus hermanos José, Santiago e Ignacio viajaron desde España para continuar el negocio. Para una marca con tanta memoria acumulada, las ediciones de temporada cumplen una función clara: dan a quien la conoce de toda la vida un motivo para regresar, y a quien la descubrió en Instagram, una razón para llegar.
El azahar es un sabor que divide. A quien le gusta el pan de muerto le resulta inconfundible; a otros les sabe más a perfume que a postre. Vale la pena saberlo antes de pedir una orden completa. Si vas por la experiencia clásica, el acompañamiento obvio es el chocolate. El Moro ofrece cuatro y, entre ellos, el Español es el más denso y dulce, pensado justamente para sumergir el churro.
El Día de Muertos tiene algo de logística: comprar flores, conseguir el pan, acomodar las fotos. Lo que la mantiene viva cada año es más difícil de organizar: la sensación de que alguien regresa, aunque sea un rato. El azahar cumple esa función sin pedir permiso. La edición de El Moro no pretende ser una ofrenda, y sería un error leerla así. Es un producto de temporada de una marca que sabe exactamente qué recuerdo está activando. El recurso funciona porque esa memoria es colectiva: el olor del pan de muerto no le pertenece a ninguna churrería, le pertenece a la ciudad.

Quizá por eso tiene sentido que vuelva cada año. Hay sabores que se buscan por novedad y otros que se buscan para comprobar que algo sigue en su lugar.