Dos personas caben en un sofá. Una relación entera es bastante más difícil de acomodar. En Pieza Inconclusa para sofá y dos cuerpos, ese objeto cotidiano termina guardando prácticamente todo: el deseo del principio, las costumbres que llegan después, las discusiones que se repiten, la intimidad, el cansancio y esa pregunta incómoda que muchas parejas terminan haciéndose alguna vez: ¿seguimos aquí porque todavía queremos estar o porque ya aprendimos demasiado bien a quedarnos?
Para Gary Centeno, entrar a ese espacio junto a María del Carmen Félix implicó algo más personal que construir un personaje desde cero. Varias situaciones de la obra ya le resultaban conocidas. No porque su matrimonio reproduzca la historia que sucede sobre el escenario, sino porque él también sabe lo que significa sostener una relación cuando la primera intensidad comienza a convertirse en vida cotidiana. “Cuando vi la obra me identifiqué en un par de momentos y creo que, cuando eso sucede, la historia ya tiene sentido para ti”, cuenta.
Pieza Inconclusa para sofá y dos cuerpos fue escrita por el dramaturgo Mariano Rochman en 2009 y sigue a una pareja desde sus primeros encuentros hasta el deterioro de su relación. Rochman ha explicado que el texto nació de distintas fuentes, entre ellas cuentos de Raymond Carver y situaciones desarrolladas mediante improvisación. En México, la dirección de Emmanuel Morales ha llevado el material por distintas temporadas y configuraciones de pareja. Lo que Gary encuentra ahora dentro del texto es una pregunta que ha envejecido bastante bien: qué hacemos con el amor cuando deja de sentirse nuevo.

El recorrido de la obra es reconocible porque evita detenerse en el momento que normalmente funciona como final feliz. Sus personajes se conocen, se desean, construyen intimidad y eventualmente tienen que enfrentarse a algo mucho menos fotogénico: convivir. La estructura acompaña el ascenso y la caída de esa relación mediante saltos temporales. En montajes anteriores, la puesta mexicana incluso trabajó el mismo conflicto desde parejas heterosexuales y homosexuales, conservando el centro de la historia: dos personas intentando entender en qué momento aquello que las unía comenzó a separarlas.
Ahí está también una de las razones por las que el texto continúa funcionando años después de su estreno. No necesita convertir la crisis amorosa en una excepción dramática. El problema puede ser muchísimo más ordinario: repetir demasiado una dinámica, dejar de hablar de ciertas cosas, posponer una incomodidad o descubrir que dos personas que se quieren no necesariamente quieren lo mismo. En el caso de Centeno, esa familiaridad fue precisamente la puerta de entrada. Gary lleva seis años de relación con su esposa y es padre de dos hijas. En lugar de separar radicalmente su vida del personaje, decidió utilizar parte de lo aprendido durante esos años.
“Me agarré de lo que he vivido durante estos años: de las diferencias que naturalmente existen en una pareja, de los problemas y de todo aquello que hemos tenido que aprender a negociar. Al leer el texto había situaciones que reconocía porque, de alguna manera, ya había pasado por ellas”.
La palabra negociar importa. No como sinónimo de soportarlo todo ni como una fórmula que garantice que dos personas deban permanecer juntas, sino como reconocimiento de que compartir una vida también produce fricción. El sofá del título termina funcionando entonces como una especie de archivo doméstico. Sobre él caben el deseo y el aburrimiento, la proximidad y el rechazo. Lo que al principio podía representar comodidad también se convierte en el lugar desde donde dos personas comprueban cuánto han cambiado, no hace falta una gran catástrofe para que una pareja empiece a romperse.

Para Gary, la obra tampoco intenta establecer cómo debería funcionar una relación. Su interés aparece precisamente en las posibilidades que abre.
“Al principio todo es amor, están las mariposas y esa emoción de descubrir al otro, pero con el tiempo las relaciones también pueden desgastarse. Entonces aparecen otras preguntas: ¿qué hacemos para no aburrirnos?, ¿cómo conseguimos que la relación siga funcionando?, ¿cómo evitamos que los pequeños problemas terminen convirtiéndose en algo enorme?”.
La pieza entra así en zonas que suelen provocar respuestas rápidas fuera del teatro: cambiar los acuerdos de una relación, considerar abrirla, intentar reconstruirla o reconocer que permanecer juntos dejó de tener sentido. Ninguna de esas posibilidades funciona como conclusión automática. Lo importante es que obliga a los personajes a hablar de aquello que preferirían no mirar. Después de interpretar ese desgaste repetidamente, Gary reconoce que una idea adquirió otro peso en su propia vida.

“Entendí que el amor también es una decisión que se toma todos los días. Yo decido seguir con mi pareja, con mi familia, y quiero que lleguemos juntos hasta viejitos. Sé que el camino puede volverse tormentoso, árido o complicado, pero también creo que muchas cosas pueden hablarse y negociarse”.
No plantea que toda relación deba salvarse. Tampoco que querer a alguien vuelva aceptable cualquier situación. Su reflexión parte de su propia experiencia y de aquello que él quiere construir con su familia, la rutina tampoco aparece necesariamente como una señal de fracaso.
“Es válido sentir que todo se volvió rutinario. Creo que justo ahí es donde hay que poner más ganas, reinventarse y encontrar nuevas maneras de seguir adelante”.
Quizá esa sea la conexión más interesante entre actor y personaje. En escena, Gary tiene que interpretar a un hombre mientras su relación cambia; fuera de ella, reconoce que amar también exige aprender nuevas maneras de ocupar el mismo papel. Pieza Inconclusa para sofá y dos cuerpos no ofrece una técnica para conservar una pareja y Gary tampoco pretende tenerla. Lo que queda es algo menos cómodo: aceptar que las relaciones se transforman incluso cuando nadie hizo necesariamente algo mal. Después del enamoramiento, quedarse deja de ser un desenlace automático. Puede convertirse en una elección, irse también puede serlo.

Entre ambas posibilidades existe todo aquello que normalmente no cabe en una historia de amor perfecta: conversar, equivocarse, renegociar, aburrirse, cambiar y decidir qué hacer con la persona que tenemos enfrente una vez que ya sabemos quién es. Y quizá ahí empiece la parte menos espectacular, pero más humana, del amor.
- Foto: Juan Bautizta
- Stylist: Manuel Delgado